viernes, 4 de marzo de 2016

De los aristócratas revolucionarios.

Que se burlen no me importa
Los del sistema defensores
Los de oficio repetidores
Los de por salario agresores.
Lorent Saleh
(Preso Político recluido en La Tumba)

A ver. ¿Cómo decir para no terminar convirtiéndome en un consejero o en un necio reprochador de oficio? ¿Cómo escribir, hablar, vivir o hacer el amor sin tener que terminar uno, de repente e irremisiblemente, en un temblor de manos, en una distorsión de voz, en un sentido de desarraigo o peor aún en un trance que va desde el sublime placer del clímax a la paranoia del odio simple que la indefensión nos inyecta día a día con su cotidiana violencia, mientras el ocaso de nuestros esfuerzos van siendo esparcidos por todo lo llano de una realidad en la que cada vez somos desconocidos o gradualmente desintegrados, olvidados, hecho añicos? ¿Cómo asumir que nuestra libertad, nuestra cotidianidad y nuestros intereses domésticos escapen a las tareas de la totalidad ciudadana, regional y  nacional, a las funciones que se derivan de sus objetivos como esencia de la justificación de su existencia, como vigilantes de nuestro bienestar y estabilidad? No entiendo cómo, ante la angustia que causan nuestras limitaciones diarias en ámbitos tan elementales para ser humanos poseedores de un pedazo de felicidad, como son la alimentación, la salud, la seguridad y la posibilidad de pensar y sentir sin mediaciones o trampas que te asechan en cada resquicio existencial, exista una gama de exposiciones que justifiquen la desintegración de nuestro tiempo, afectos, ánimos, esfuerzos y se vuelvan un mar de defensa de lo que nos está desequilibrando. Quizás el cansancio ya no tiene que ver con esfuerzos, empeños,  proyectos o esperanzas dilapidados en un ejercicio diario que nos ha convertido en seres hechos para una básica forma de existir, a pesar de la complejidad que nos exige nuestra realidad para no sucumbir definitivamente en cuerpo, espíritu y alma, toda vez que  somos requeridos por las elementalidades de la sobrevivencia. Es que ya no tenemos fuelle para confrontar el exceso de una clase que nos ha intervenido, detallada y malévolamente la voluntad de acercarnos a la utopía de la felicidad, a la grandeza de la libertad, al pragmatismo de la estabilidad de sobrevivir. Debemos transitar a solas o acudir a la expansión infinita del universo, en donde todo tiene un destino de equilibrio a medida que descubramos la ruta más expedita para depurar nuestras ansias; derrotar la fragilidad de nuestras esperanzas, aunque a veces no comprendamos la pasión desatada de quienes también padecen de un infortunio que es la derrota de muchos sueños, de extensas y esenciales aspiraciones y eso tiene mucho que ver con cada historia personal en el colectivo que hoy se derrumba de individualismo, mezquindad e indolencia. Nos inunda el sarcasmo de la muerte de Dios que tanto exaltaba y celebraba Nietzsche y nos pone al servicio de la debilidad, el individualismo y la posibilidad de enarbolar nuevos idealismos, aunque estos sean la recurrencia de intereses que puedan encumbrar novedosas formas para imponer la justicia, la igualdad, la libertad, sin que en ello intervenga la historia integral de la naturaleza humana. Y es que el hombre no puede solventar sus carencias y autosuficiencias con las herramientas de su particular forma de evaluar, accionar y concebir el mundo, por muy genial que él se considere o sea considerado. Porque el superhombre es una excusa para chantajear con la mediocridad, el despotismo y la dádiva miserable. 
    Esto último me hace recordar que siempre he sentido (y defendido cada vez  que escribo, hablo o actúo) la libertad, como un estado que todo ser viviente adora desde el más elemental y simple instinto, hasta el más complicado acto de amar, pensar o convivir. Siempre me ha parecido un episodio esencial en todo ser humano la capacidad para compartir y defender cada ejecución de solidaridad, de justicia, equidad e igualdad, a la cuales he visto como rutas claras para alcanzar lo más deseado en condiciones de valores inquebrantables y de vanguardia existencial, las que podría llevarnos, inequívocamente, a la construcción de un mundo en el que puedan, nuestros descendientes, disfrutar el privilegio de sentirse parte de una totalidad que son todos sus congéneres. Jamás he estado del lado de quien aborta cualquier fórmula que se oponga a la diversidad. Tengo la certeza de que ésta trasciende cualquier justificación sobre actos que se propongan acciones mesiánicas que para nada tengan que ver con esa individualidad que nos hace parte de un engranaje colectivo, construido duramente en espacios y por tiempos indeterminados. La posibilidad de vivir libres y felices tiene que ver con la fe como visión integral del universo infinito, vibrante y circundante. Algo así como la visión vital que de nuestro planeta tiene el científico británico James Lovelock.
    Como yo fueron muchos los que compartían, aceptaban o rechazaban tales posiciones, durante los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado. Hubo hasta quienes concibieron como única posibilidad de alcanzarlas la militancia política radical y se lanzaron, con uniforme, canciones y léxicos revolucionarios al campo de la lucha urbana  que para nada correspondieron con la realidad contradictoria –pero más cercana a nosotros por sus características históricas- que para entonces se construía y nos incluía, si deseábamos ser parte activa de ella. Otros, desde una frívola y acomodaticia actitud izquierdista, se ubicaban, como en una cola, espetaban el discurso antiimperialista e igualitario, mientras se burlaban de quienes escuchábamos a los numerosos grupos musicales revolucionarios del cono sur o criticábamos la ortodoxia soviética, la revolución cultural China o los fusilamientos de Cuba, aunque soñábamos con un mundo diferente donde la ciudadanía no estuviera condicionada por credo alguno ni individualismos supremos y que por el contrario fuera construida desde el pluralismo que el trabajo creador –muscular o intelectual, daba lo mismo- motoriza a toda sociedad con aspiraciones de porvenir y con kilates humanos trascendentes e indestructibles. Fue allí donde se fraguaron quienes hoy, como intelectuales, políticos, analistas, historiadores, poetas, escritores o músicos, entre muchos, son defensores de un lapso de historia que al final de estos días, nos llena de vergüenza y nos impide comprender cómo somos capaces de acompañarnos en  un silencio asumido desde la celosía de su racionalismo o simplemente solventando el inmenso fracaso al que han llegado los múltiples ejercicios de poder de un estado-gobierno confundidos en la insolencia de normalizar la infamia, el desamor y la mezquindad, dentro de un país que siempre estuvo abierto a la oportunidad de marcar rutas en donde no era la sola intención de la retórica y la demagogia, construyendo en su lugar una maniquea y fracturada forma de concebirlo, como única práctica para ser siempre la cúpula o atalaya de la verdad o el expediente de la razón o el decálogo de lo nacional.
    La mentira ha sido siempre el más ajustado de los instrumentos para justificar la preponderancia  de la irracionalidad, el poder reciclado, la traición y la sumisión. Creo que fue Popper quien afirmaba que toda teoría y de manera pragmática, toda acción fundamentada en ella, es proclive a la refutación y nunca puede ser impuesta como fórmula definitiva sin posibilidades de recibir críticas que la verifiquen como infalible. Es esto la historia de nuestro país durante estos diecisiete años. Y vuelvo a los amigos de siempre. Esos que constituían la aristocracia de la izquierda venezolana, aunque sus vidas estaban llenas de apaños que les permitía recriminar o descalificar a quienes nos oponíamos a las viejas prácticas revolucionarias concebidas desde los centros del poder maniqueo socialista. Estar al lado del poder y servir de soportes a sus directrices y condenar la disensión, la diversidad o la más elemental expresión de libertad en el pensar, desde la historia, la poesía, la música, la pintura, la academia o simplemente desde cualquier discurso creador, es legitimar, en esencia cualquier acto que instruya la rectificación o simplemente, impide la posibilidad de no llenarnos de pesimismo frente al inobjetable fracaso de lo que nos anima cotidianamente o nos fortalezca el empeño de aliviar la realidad cuando ésta nos consuma diariamente y peor aún, no nos permita hacer ese poco necesario para “mejorar aunque sea una pequeña parcelita”, como decía Popper. Y es que lo que está a la vista no necesita de anteojos.  
    Durante muchos meses me he preguntado sobre  los logros que durante estos diecisiete años son defendidos por mis amigos, los aristócratas de izquierda, quienes casi en su totalidad han gozado de viajes por el mundo como embajadores de la intelectualidad y la academia venezolana, sin que para ellos haya sido un escollo pensar como piensan, actuar como actúan, vivir como viven y condenar el pasado, como lo hacen; sin poder borrarse el síndrome cuarta república que los llevó a las mejores universidades del imperio estadounidense, francés, alemán, inglés sin verificar de dónde salían los recursos para mostrarle al mundo lo que tanto sacaban para tanto destacar. Me refiero nuevamente a mis amigos docentes, autoridades, estudiantes universitarios o cualquier otro brillante ciudadano que ha llevado su mecenas a cuestas en cada rayo de luz que ha despedido. ¿Será que siguen siendo la aristocracia revolucionaria la que disfruta el vía crucis en el que se ha convertido vivir en Venezuela? ¿Será que es un orgullo para ellos formar parte de las bochornosas y trágicas colas que se hacen frente a los otrora cuartorrepublicanos supermercados y farmacias, gozando la humillación, el vejamen y la burla de oficiales o funcionarios bolivarianos? ¿Será que es lo natural no poder adquirir medicamentos tan elementales como un  antihipertensivo, un antidiarréico o un antipirético? ¿Será que ellos admiran la inteligencia de quienes a través de la expropiación, la confiscación y la malversación convirtieron a Venezuela en un cascarón de odio, división, mezquindad y oportunismo, navegando en la miseria, el entreguismo, la manipulación, el despotismo y la oprobiosa traición? ¿Será que la decenas de muertes impunes que se producen anualmente es tan solo una sensación que no requiere del comentario de sus ilustres mentes?  Cada vez me cuesta mucho más pensar que “el filósofo de Miraflores” pueda ser ejemplo a seguir según quienes una vez soñaron –al menos que la mentira los hiciera distorsionar la verdad de sus pesadillas- que nuestro país podría convertirse en la utopía de la grandeza latinoamericanan y justifiquen sus dislates, delegando los mismos a sus asalariados asesores. Y es que con galimatías como derecha endógena, guerra económica, capitalismo salvaje o socialismo del siglo XXI, se ha venido transfundiendo con argumentos de orfandad objetiva, la verdad de una realidad que solamente muestra para el mundo deterioro, fracaso, corrupción, nepotismo, soberbia y prepotencia, sin tomar en cuenta que es “un sinsentido –en palabras de Mian Kundera- querer glorificar un Estado, incluso un ejército” mediante el empeño de la palabra “inteligente”.  Hoy cada página o espacio ocupado por el discurso, cada acción u omisión marcado por el devenir  serán simplemente el registro de la esperanza o la extensión de la complicidad. Es inevitable.        

martes, 6 de octubre de 2015



Para Miguel Ángel a 3 años de su partida




No son los recuerdos que permanecerán imborrables, en nuestras mentes, como el sol diario que Dios nos brinda para iluminar nuestros destinos.
    No es la ausencia, que el amor de nuestros corazones convertirá en compañía cada vez que nuestros hálitos de vida soporten la existencia de tenerte como cuando naciste para hacernos veintinueve años derramándote de pasión por tenerte entre nosotros.
    Es la imposibilidad que este mundo tiene, hoy asechado por la tristeza, de almas nobles, miradas escrutadoras, sonrisas encantadoras y acciones creadoras, para enriquecerlo como solías hacerlo cada vez que un proyecto salía de tus ansias de vivir, imponía su ritmo y lo conducía por las veredas que nuestro Señor nos mostraba con sus bendiciones.
    Es simplemente reconocer que el mundo no es hoy aquél que intentabas convertir en una gran galaxia de posibilidades.

¡Desde aquí, nuestras bendiciones para que alcances tu comunión con Dios!




 Tríptico rotativo
La esperanza no es una intención
Ángel Madriz



 "no es que vamos a sacar a la gente de
la pobreza para llevarlas a la clase media
y que pretendan ser escuálidos"
Héctor Rodríguez, Ministro de Educación








I

Militares. Funcionarios. Ciudadanos. Caminar por el país es ya casi la continuación de un riesgo que se convierte en la vigencia de la desesperanza. En su actualización más inquietante. En una especie de risotada nerviosa que termina por desajustarte el ritmo de la vida y el sentido de la sensibilidad. Es como andar caminando de la mano de una cotidiana oscuridad, del temblor de tus pies y alma que no encuentran lo que alguna vez fue la vía de la existencia acostumbrada, eso que tanto nos llevó de un lado a otro de las diversas maneras de asumir la realidad. Caminar por el país tiene una sola ruta, un solo vaivén, una reducida vereda que nos arrincona contra los muros de la desazón y el miedo. Andar por Venezuela es sentir la traición a un ideal, experimentar la frustración de un proyecto que nos llevaba de la mano con sus múltiples problemas, hacia un horizonte cierto y prometedor, problemas que nos recordaban que la experiencia estaba ejercida por hombres y  mujeres -jóvenes, maduros y adolescentes- que concebían el error como una vivencia para levantarnos hacia la utopía que nos impulsaba. Sitio de la perfectibilidad democrática. Observar a nuestro país, palparlo, respirarlo o simplemente ejercerlo porque estamos vivos. Hoy, desde hace ya casi la eternidad más subjetiva, nos llena de un amargo sabor a desilusión, a un doloroso escozor en donde el odio, sembrado durante quince años, es el sentimiento de presentación de quienes ven el mundo en rojo y blanco.
Recientemente tuve la oportunidad de viajar a Caracas y desde el mismo momento de llegar al aeropuerto encontré solo ruinas de entusiasmo, escombros de iniciativas y desechos de alegría. Un pasaje comprado con meses de antelación no tenía, para hacerse efectivo según lo que indicaba el recibo de reservación, ni fecha ni hora precisa de partida ni retorno. Después de estar a la deriva por más de dos horas, una funcionaria nos indica los datos, como en un acto de misericordia, contra quienes reclamábamos derechos que una vez fueron más que suficientes para abordar y recorrer una ruta que hoy ya casi tiene el holograma de la suerte, la casualidad o el hallazgo. Finalmente, funcionarios amenazando ante nuestros reclamos, esplendorosamente vestidos del blanco rojo de la Viasa de este régimen, nos premian con el número de la lotería de poder abordar el avión, pero doce horas después. Abandonando el aeropuerto para regresar por la noche, un joven, él vestido de verde oliva, con un arma que era compartida con la sonrisa que componía su rostro, nos despide en silencio y en mi interior sentí la amenaza de quien, junto a otros varios similares que hoy medran a la sombra de viajeros que se debaten entre la angustia y la impotencia, una amenaza que sórdidamente me enganchó las vísceras, porque sabía que aquellos señores tienen en sus manos el permiso de violar tu intimidad para arrebatarte la rutina sufrida de una bolsa de leche, tres jabones de baño o un frasco de champú o de mayonesa, masticaban la prepotencia despótica que aprende a ejercer todo militar en el poder.
     Caracas es hoy un lamento de personas que se mueven gracias al número de su cédula. Sabana Grande resulta ser un pasadizo lleno de amas de casa, que se agolpan desde apenas el amanecer frente a farmacias y tiendas donde puedan sospechar que haya existencia de productos básicos; donde apenas al aparecer el sol rindiendo su inicio, señores se codean entre las multitudes a las puertas de Central Madeirense para adquirir una bolsa de leche, pollo o simplemente un kilo de arroz. Caracas es un tumulto de mujeres que sin importar edades, abarrotan las puertas de Excelsior Gama, en Chacaíto, para ver si es posible comprar un paquete de papel higiénico, una caja de toallas sanitarias o medio kilo de margarina. En todos estos locales, las colas eran custodiadas por funcionarios que controlaban el tráfico de personas, para encubrir las preferencias familiares o la de los amigos, mientras militares y guardias nacionales se hacían de la vista gorda porque era esencial, según ellos, el comportamiento ciudadano. No había respeto por las canas, consideración por las madres con los niños en los brazos. En fin, funcionarios y militares conformaban una red de  aliados para sacarle provecho a la situación. En el Farmatodo situado en el Centro Comercial Chacaíto me ubico en una cola, que descendía las escaleras desde la entrada de esta tienda hasta la planta baja, porque me correspondía comprar, por mi número de cédula.     “Hay pañales, leche y afeitadoras”; el rumor se expandía y la atmósfera se impregnaba de ansiedad, desesperación y miedo. Mientras la cola avanzaba y las escaleras eran subidas por nosotros, ciudadanos de espera, un guardia nacional entrega unos números. Para mí, el ciento ochenta y cinco. Lo tomo y el militar me dice: “Creo que si le va a dar tiempo de comprar, maestro”. Detrás de mí, una joven con niña a cuestas, bolsas de otras compras y con un rostro de trasnocho, tiembla ante esta expresión. Comienzo a entender que cualquier situación diferente a esta no está pasando en el país. Todo es un esquema de humillación que hace del funcionario un poderoso burócrata de pacotilla que vende su honor por preferencias; que cada militar es un monigote vestido de verde, armado y autorizado para amedrentar y ejecutar acciones contra quien no siga las reglas del más dantesco racionamiento vivido por los habitantes de un país que debería, libremente, conformar su esencia ciudadana. Entro a la tienda, compro lo rumoreado y cuando salgo, me cruzo con la mirada feliz de esa joven– “con niña a cuestas, bolsas de otras compras y con un rostro de trasnocho”- que solo se llama ciento ochenta y seis. Caracas, mientras tanto, es agredida por los cuatro puntos cardinales. “Ni de vaina vaya a ir para Catia, señor”, me dice la joven. “Allá se consigue de todo, pero los buhoneros que venden son unos ladrones”. Me regreso al hotel, pienso que he perdido una mañana por unos artículos que no conforman ni el mínimo contenido de lo que se necesita para vivir. Caracas sigue de pie al Ávila, pero sus habitantes no han podido deglutir la demencial actitud de unos gobernantes que se divierten a sus espaldas, babeando como cerdos en los estercoleros de la degradación. ¿Será que la esperanza es una intensión que permite el hartazgo de dólares, la sobredosis de prebendas, el frenesí de decidir la crisis y la orgía ante las bacanales de un socialismo aniquilado por la desvergüenza?      






II

Maracaibo es monte y culebra,  lo demás  es los demás. Crónica de la vergüenza. Hace aproximadamente siete u ocho años recibimos a unos amigos que vinieron desde Caracas, desde el mismo Bello Monte, a pasar sus navidades en Maracaibo. Durante esos años, familiares de Barquisimeto, Coro, Trujillo y Mérida nos visitaban constantemente. Conjuntamente todos, amigos y familiares coincidían en que Maracaibo era una ciudad que además de hermosa, estaba muy adelantada en cosas como la vialidad, la infraestructura y la vigilancia. Nunca pensé en eso. Pero hoy, cuando regreso de un pequeño viaje a la Costa Oriental y me atrevo, por razones domésticas, a lanzarme a las calles de la ciudad, a cualquier hora de cualquier día, me detengo a evocar aquellas valoraciones y recuerdo que lo que más nos importaba para entonces era si la línea del metro debía comenzar donde hoy parece terminar o si mejor debía arrancar por otras zonas; peleábamos porque se sembraban algunos tipos de árboles y otros no eran tomados en cuenta; discutíamos por qué la Vereda del Lago albergó a una universidad o porque daba oportunidad a ciclistas, patinadores y caminantes a ocupar sus espacios, de manera simultánea; nos quejábamos porque a cada momento se interrumpía, de manera momentánea el tráfico vehicular para arreglar el estado de una calle o avenida o simplemente para aclarar sus rayado. Nunca había tenido tanta vigencia aquella expresión de nuestro regionalismo, que espetábamos a la cara de los que no fueran maracuchos: “Maracaibo es Maracaibo, lo demás en monte y culebra”, nunca había funcionado tan bien nuestra ciudad y como de costumbre, cuestionábamos lo que había que cuestionar como actitud, legítima, del ciudadano que ve funcionar sus espacios y desea la perfección. No había manera de desconocer la labor constante que Manuel Rosales, a quienes sus detractores llamaron el “Filósofo” por algunas expresiones que hacían de sus discursos una voz destemplada de populismo y espontaneidad. Sin embargo, y a pesar de que nunca voté por él ni colaboré en sus elecciones para alcalde o gobernador, hoy me avergüenza que lo que fue no hace mucho una ciudad llena de promesas que poco a poco ese personaje, con un equipo que no descansaba en concretar la ciudad que a muchos nos seducía con su brillantez y su camino hacia una modernidad que, aunque extemporánea nos comenzaba a salvar para la historia, se haya convertido en menos de dos años, en un basurero, en una oscurana de calles sembradas de inseguridad, rastrojos, desorden y colas humanas interminables que se agotan bajo su sol agresivo, soportando los bufidos de guardias nacionales, los abusos intemperantes de policías y milicianos improvisados, para que al final del día puedan terminar sus jornadas en una pocas bolsas de comidas con las que “solucionar el día” y estar dispuestos a recomenzar el ciclo de empujones, gritos, amenazas y bachaqueo organizado. Cuadro citadino de lo más burdo que cada vez nos aleja más del apego a los espacios que aún, míseramente quedan paras sobrevivir.
Viajar de Cabimas hasta llegar al puente Rafael Urdaneta es un acto riesgoso, que nos revela la desidia de sus gobernantes regionales, la irresponsabilidad de sus burócratas que solo se pelean por mantener sus curules. Huecos, reductores de velocidad sin señalamientos, motorizados al ritmo del caos, ausencia de vigilancia, amenazas de los pocos transeúntes y una iluminación inexistente convierten a cada chofer en un héroe si logra llegar ileso a las barandas que atraviesan el lago. Y si tomas la Lara Zulia, lo que comenzaba a ser una vía solamente vista en las grandes urbes y por la que tanto se peleó el pequeño y delgado gobernante al cual los mezquinos rojos rojitos trataban como un bufón, si valientemente tomas esa opción para aligerar tu llegada a la Tierra del Sol Amada, llegarás a la conclusión de que muy a pesar de blancos, azules, amarillos, anaranjados, verdes o rojos, de que aunque no siempre cualquier pasado fue mejor, hoy Maracaibo se perdió en la sanguaza de una política manchada por la miseria, la inmoralidad y el desparpajo de la mentira.
Pasar por Bellavista, Las Delicias, Cinco de Julio o simplemente tratar de llegar a La Pomona, Los Haticos, La Limpia, al Norte, al Sur, al Este o al Oeste de Maracaibo significa luchar con la angustia de un transporte desvencijado y casi inexistente, con la disyunción de encontrarte con un policía que pueda ser tu ejecutor; significa acometer una arritmia de andar a la espera de zarpazo enemigo. Maracaibo es hoy un complejo compromiso con el miedo, un cruce por las veredas de la anarquía, la difícil cuestión de amarla o detestarla, porque ya no es simplemente la utopía de la ciudad que se habita. Maracaibo es hoy una entelequia de ciudadanía que fue asesinada por los discursos de las expropiaciones, del nacionalismo pacato y vulgar, del contrabando,  el bachaqueo, la extorsión, la especulación, las mafias de la gasolina y de los que sin nada de escrúpulos, como el “hombre nuevo de estos quince años”, la desvalijan para dejarnos a las expensas de la manipulación, la dádiva, el matraqueo y la amenaza de seguir siendo un maracucho que puede exterminar su vida diariamente dentro de las múltiples colas (alcabalas de milicos enseñados brutalmente por el sumo comandante) por las que hay que pasar para subsistir. Al final, un ser humano deshecho en cuerpo y alma para desear reconstruir lo que una vez “El Filósofo”, convirtió en la ciudad más apetecible de Venezuela. Y para ello nunca necesitó saber que Las lanzas coloradas fue escrita por Rómulo Gallegos, construir un puente bajo el agua, ni multiplicar los penes, ni regalarle libros y libras a los estudiantes.     




III


Entre venias, reverencias y genuflexiones. La II CCU una expresión de mansedumbre. Será mucho o poco lo que pueda decirse sobre las discusiones sobre la exigencia que, justamente hacíamos los miembros de la comunidad universitaria venezolana de mejoras salariales y por ende, académicas y sociales, ya que entre redes sociales y reflexiones insistentes, por espacio de un período vacacional que nos llevaba de la mano por las angustias de un país que ya no resiste un mínimo de caos, anarquía, intimidación y entreguismo –servilismo sería mejor decir entre adjetivos a una sociedad que antes tenía el brillante nombre que le adjudicaron nuestros próceres-, no tuvimos la oportunidad de deslastrarnos de las experiencias cotidianas y domésticas en las que se ha venido convirtiendo y compartiendo el ejercicio de docencia e investigación universitaria. Y es que entre el temor a que nos falle un artefacto, nos roben la batería del carro, se nos pinche un caucho o simplemente tengamos que abastecer la despensa para un mes o comprar algunos libros o cualquier instrumento de esos que se utilizan para lograr los hallazgos que impulsan hacia el desarrollo –una laptop, grabadora o un piche pen drive de cuatro gigas- , investigar y dar clases termina por derrotarnos cualquier razón para no considerar tales experiencias en una eternidad de escollos infranqueables. Pero bueno, necesito decir algunas cosas, en un acto de legítima acción expresiva, esa que nos libera las contracciones corporales y nos permiten comprender que cualquier lucha es digna si se asume desde una mayoría favorecida por la claridad de la razón. Cuando en abril o mayo del presente año se nos informaba que las diferentes organizaciones gremiales que representan a la comunidad universitaria de las diversas universidades autónomas de Venezuela, habían acordado un proyecto único que recogía las aspiraciones salariales, académicas y sociales de todos los universitarios, la cual bautizaron entre barullos, bravuconadas y picadas de ojos. Segunda Convención Colectiva Única Universitaria (IICCU), no sé por qué recordé a un incansable sindicalista del Magisterio Zuliano, Villapol Morales. Conocí a Villapol cuando ejercía la docencia en educación media y lo recuerdo ahora porque a él, en una oportunidad, le escuché decir algo así como que cuando el patrón o patrono anda de manos agarradas con el trabajador o sus representantes algo está buscando, algo quiere negociar en contra, algo se trae de las manos. Y resultó que Villapol siempre tenía razón y hoy, la misma se pone de manifiesto. No había pasado un día cuando todas las federaciones universitarias habían consignado el proyecto del IICCU ante los organismos competentes respectivos, cuando las federaciones habilitadas espuriamente por el gobierno para contrarrestar la legitimidad, la actitud solidaria y el espíritu de lucha histórica que tanto identificó a asociaciones y sindicatos, en defensa del bienestar y las justas reivindicaciones de los universitarios y que  de una manera flagrantemente sumisa, se unieron a federaciones advenedizas y de maletín que juntas, no representan ni el veinticinco por cientos de los universitarios del país, salieron a cuestionar, desconocer y rechazar el proyecto que poco antes los había unido en una sola mesa en pro de sus agremiados. Imagino venias, reverencias y genuflexiones ejecutadas y exaltadas entre vinos y champañas, entre bacanales y cabriolas, ensayando, mostrando e intercambiando bolígrafos y estiletes para las futuras firmas que el patrono, comandando la gran orgía de órdenes, chanchullos y acuerdos, les entregaba a manos llenas para que contentos y revolucionarios, ellos pudieran ejercer la entrega de la universidad libre, democrática, diversa y autónoma. La voz de los Carlos López y de los Telémacos Figueroas, secundadas posteriormente por el resto de sombras confederadas por un Estado que no se da cuenta de su desgracia, cuando cada vez que desea imponerse al compás de la fuerza, deslegitima todo el contexto legal acumulado de experiencias históricas de luchas ciudadanas y hace de su práctica un condensado de maniobras, manipulaciones y expresiones que terminan por arruinarlo más sobre la memoria infranqueable de nuestro país, se reproducían día a día entre los atormentados universitarios que, sin tener cómo hacer se deshacían y consumían sus ideas en las colas degradantes de los racionamientos socialistas venezolanos. Nunca había sentido tantas náuseas ante el ejercicio de la palabra de quien difiere como contrapartida de las aspiraciones y deseos de una comunidad tan agredida como la universitaria. ¿Cómo comprender que se le diga al patrón que estamos exigiendo mucho, que las “aspiraciones contenidas en el proyecto que suscriben las distintas federaciones que hacen vida sindical y gremial en las universidades venezolanas no se corresponden con la situación económica del país”, que nuestros derechos y aspiraciones deben estar por debajo de las de los militares y trabajadores de PDVSA, que los derechos adquiridos en décadas de lucha deben acomodarse a los intereses de un Estado que solo ha dado ejemplos de derroche, dilapidación y dispendio, nuestras aspiraciones laborales puedan ser atendidas entre cálculos dadivosos, esguinces de hojas de Excel o simplemente con intercambios de nomenclaturas –de grado a niveles, de docente a trabajador universitario. No hay metáfora o figura alguna que nos permita describir la arrogancia y desfachatez de estos señores, convertidos en líderes de facto, a la hora de aprobar una IICCU sin el consentimiento de la gran mayoría universitaria, representada en la FAPUV, con el valor y la racionalidad de sus representantes legítimos. Ya para cuando estemos leyendo estas líneas, habremos -quizás- derrochado y dilapidado parte de un retroactivo que es la muestra más fehaciente de las migajas asignadas a quienes tienen la responsabilidad de producir el conocimiento requerido para ubicarnos al nivel que nos exige el SXXI. Eso no lo podrá entender este gobierno, porque su mirada está nublada por los resplandores distorsionados y los resortes desvencijados de un socialismo, cuyas oportunidades han sido derrochadas por los vástagos de la insuficiencia. Lo que si quisiera saber, como dato anecdótico, es el precio de los bolígrafos con los cuales los firmantes aceptaron un acuerdo cuyas lesiones a la gran comunidad universitaria venezolana serán la continuación del más profundo deterioro de nuestras casas de estudio. Y la esperanza de recuperarlas, recuperando la mística de su gente al tratarlas como personal de alta importancia y calidad cultural y científica, será simplemente la intensión de unos pocos tratando de fracturar la decencia, fuerza inequívoca con la que podemos conquistar el desarrollo, la soberanía y la libertad, que impulsa la vida de muchos.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Tríptico rotativo
Ética y lógica  del rastacuerismo
Ángel Madriz


Entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo consiente, 
hacia cierta solidaridad vergonzosa.
Víctor Hugo




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La cotidianidad como desesperanza. El poeta franco uruguayo Isidore Ducasse, mejor conocido como Conde de Lautréamont, en su extraordinario libro Los cantos del maldoror desarrolla toda una estética del mal y nos dice, al comienzo del mismo, que solo una “lógica rigurosa” y una tensión espiritual equivalente, por lo menos a una ética racional, permitiría a los lectores no ser impregnados por el contenido mortífero de sus páginas. Lautréamont nos aclara, que su exaltación del mal no es más que una forma de hacer que los seres humanos deseen el bien como remedio y todo el mundo de cuestionamiento a la realidad humana que desarrolla magistralmente en los seis cantos de su libro, estalla en un hermoso y original ejemplo de ambiciosa búsqueda de salvación y trascendencia. En fin, lógica y ética para la interpretación de un mundo que requiere ser equilibrado, exorcizado, reacomodado. Cuando paso una mirada por “esa realidad” que tanto he respirado y en la que tanto he compartido las desazones de vivir, siento que algo como una atmósfera indescifrable se ha adherido a la mirada, a la voz y a los corazones de la población y que define cada gesto, cada palabra y cada acto de cada ciudadano o espectador que se entrecruzan entre dardos de duras decisiones. No puedo dejar de extrañarme ante tanta conformidad  y ante tanta resignación. Es como si anduviéramos en un mundo en donde la desigualdad, las carencias, el deterioro citadino, los incuestionables rostros de angustias ante la nada oficial que los confunde con simples operarios políticos del status, la violencia de colas interminables para solucionar cualquier acto doméstico, cualquier trivial requerimiento o algún trámite civil fueran una respuesta al bien que se dibuja en la más alta esfera de la nacionalidad, de donde todo pretende derivarse en cascadas de bienestar y total normalidad. Y es que la solidaridad, la patria, el socialismo, antiimperialismo o simplemente la libertad y la soberanía –alimentaria o política- resultan redundantes de retórica ejecutiva, ministerial o gubernamental, en un país que, por más de quince años, ha venido desintegrándose en sus manifestaciones de cotidianidad, hasta tener que utilizar la lógica de quien debe subsistir, sin que con ello sufra un quiebre ético ante tanta angustia producida por la inutilidad de quien habla sin decir nada parecido a lo vivido realmente.
    Sea el caso de la compra a cincuenta bolívares de un artículo regulado en su precio a doce bolívares –como la harina de maíz-, o comprar un aire acondicionado a cuarenta o cincuenta mil bolívares, cuando quien nos lo vende lo obtuvo a  diez o quince mil bolívares, muestras simplemente de que amas de casa, señores, empleados de almacenes o supermercados, policías o guardias nacionales “aprovechan” la exaltación del valor solidario y se inclinan por la repulsa y el egoísmo como remedio y salvación. Así mismo podemos exaltar reiteradamente Patria, Soberanía y Libertad al tiempo que la voz sufragada por los entornos de la satrapía institucional es sumida como puente verificador de la más convencional y descarnada acción de entrega a los capitales foráneos, dándoles satisfacción provinciana a los resentimientos históricos hacia los gendarmes del norte –qué más talante rastacuero el que nos hace dependientes de la maquila asiática-, o cuando tenemos que saciar el aseo, la movilidad por las calles de nuestra región o país, cuando angustiados por un deseo de elemental degustación gastronómica o simplemente cuando impulsados por las veleidades de la tecnología debemos acudir a los escarceos con colas multitudinarias, apaciguar nuestras mórbidas paciencias o irremisiblemente batirnos a duelos con la estafa para terminar creyendo que nuestro país aún es un espacio en donde podemos satisfacer nuestras escandalosas costumbres pequeñoburguesas. La solidaridad adquiere el rostro del asalto por parte de los conciudadanos más comunes, por el color verde oliva que en los recovecos de los puestos estratégicos, mengua de autoridad para impedir que el contrabando con nombre de bachaqueo sea un oficio contestatario cuya legitimidad ha sido construida con la ética liviana de la viveza, en un país donde la lógica está del lado de una supervivencia cuya alma es tan cerril como la corrupción que defiende la entrega de la disidencia en nombre de un hombre nuevo que se ha agotado a fuerza de hacerse el loco y recibir migajas para saciar el hambre de un hoy que tiene más de tres lustros. Dios, entonces, parece ser un subterfugio que justifica la oscuridad inoportuna de un país que en el pasado exhibía la eficiencia de una empresa eléctrica envidiada por toda Latinoamérica, ostentaba una economía que a pesar de sus injustas desigualdades en el reparto de la riqueza petrolera nos permitió instaurar instrumentos civiles con los que revertir tan indeseadas taras sociales; era Venezuela un espacio para el debate sin chantajes que hoy no pueden ser condenados porque es la esencia del bien que nos impulsa a desear la desidia, la complicidad, la sumisión y el rastacuerismo como un bien colectivo en donde tenemos que inscribirnos.            






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La palabra ya no es la misma. Leía una expresión de Pedro León Zapata en donde expresaba que el humorismo no puede estar del lado del poder, de estas palabras podemos inferir que el poder tampoco puede tener poetas. Claro que existirán humoristas que halaguen al poderoso como poetas le canten al mismo, pero el primero será simplemente la secuela del dolor o el ditirambo de la sumisión, en el caso de la poesía será la metáfora de la complacencia, la expresión de lo convencional, la lisonja en versos de trivial egolatría, algo así como una orgía fabricada en estrofas a múltiples manos, en el espacio dónde los ejecutivos y los burócratas ensayan sus lógicas y codifican su éticas.
  Defender con palabras lo que se define con acciones es un lujo que el poeta o escritor deben aprender a digerir. La única realidad que alimenta a quien escribe es la que él puede reinventar cotidianamente cuando existe, ama, odia o se llena de esperanza. Cuando el poeta o escritor tiene que seguir las pautas del leguaje del poder es que ya no tiene nada que decir y si lo hace se acomoda en las estancias de la institución, en la lógica del rastacueros, coquetea y se insufla de bienestar o amargamente no consigue entender las fuerzas de la insurgencia en diferentes formas de escribir porque hay viejas formas de pensar, actuar y gobernar. Vemos entonces que las palabras se agotan en sí mismas, no tienen la magia del espíritu, se volvieron inútiles y deben ser reinstaladas dentro de la misma semántica que las desvencijó. Antes fueron “Patria o Muerte” o “Patria Bonita”, hoy es “La Patria es de todos”; antes fue “Quinta República” o “PSUV” o “PPT”, hoy es “Derecha Endógena” o “Los Pragmáticos” o “Proyecto Estado”; antes fue “Escuálidos” o “Majunche” o “El Filósofo”, hoy es “Derecha fascista” “Golpistas disociados”  y los poetas y escritores, leamos lo que escriben, todos caminan y sienten al ritmo del discurso dominante, no ha habido opción. Terminamos, entonces, saliéndonos a percibir que el poder es el poder y que su discurso, no convincente para hallar el camino de la redención, es desoído en una acción de alineación con la acción contraria a la solidaridad, la frugalidad, el respeto, la racionalidad y la austeridad. Para ello, la picardía, el sobreprecio, el acaparamiento, el contrabando, la matraca, la estafa, el soborno, la informalidad del trabajo con la intención de formalizar la trampa. Ética de la sobrevivencia a cualquier costo sustentada por la lógica del individualismo.      






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Compromiso de nadie, complicidad de todos. Contra el poder no se puede luchar solo. Y es que el hombre (¿y la mujer? ya no lo sé) al enfrentarse a la decadencia de los principios que justifican su existencia requiere reformular sus cánones, enderezar sus vías, purgar sus entuertos y ha sabido hacerlo, desde que Don Quijote, un día consciente de su locura, decidió contarle al mundo sus derrotas y desengaños como resultado de un viaje por los parajes del mal colectivo. Resultó que su lucha lo volvió a una cordura desde la cual era imposible emprender o continuar cualquier empresa reivindicadora de la raza humana, y terminó por abandonar la existencia y convertirse en mito, vivir más allá del bien que deseaba defender, más acá del mal al que sabía que podía derrotar con las fuerzas de la locura de amar y de vivir. Cuando nos regimos por la voluntad de insurgir contra el mal, cualquier opción expresiva nos resulta ingrata o vulgarmente peligrosa. Sin embargo, como escritores, nuestra palabra debe estar inmersa en la rebeldía, debe estar impulsada por la ruptura. De lo contrario terminamos siendo una especie de bufón con libros que nada dicen aunque muchos escriben. Sucede lo mismo con la sociedad toda. Si nos sentamos a esperar que lo que está deje de ser, simplemente nos convertimos en lo que no queremos ser. O en lo que no hemos podido ser. O peor aún, en lo que podemos llegar  ser con el permiso de lo que es y seguirá siendo. Durante todo este tiempo de pérdida de su civilismo, Venezuela no ha tenido una oposición al poder comprometida con un destino más del siglo XXI, con una nación más sincera en sus ofertas, más ajustada a sus posibilidades y más transparente en lo que debe ser su ética y su lógica. Ni los empresarios, ni los políticos, ni los académicos, ni los creadores, ni sus religiosos, ni sus ciudadanos de a pie han podido fraguar una salida de propuestas cónsonas con sus derechos a la libertad, la creación, la expresión, el trabajo y todos esos derechos que universalmente está consagrados para la constitución de cualquier sociedad moderna y emprendedora. Sólo se escucha la voz abusiva del poder. La verborrea oficial. El vulgar soliloquio gubernamental. El sórdido y brutal logos del mando pseudocivil, cuasi militar.
Desde él se  pretende imponer una enseñanza que da al ristre con cualquier voz disidente. Amenaza y no surge una respuesta de vanguardia que clarifique el ofuscamiento estatal, la paranoica voz del mando palaciego, la esquizofrénica moral del cuartel adocenado. Todos estamos a la espera de que el bien siga el curso del molde al que ha sido sometido en nombre de unos símbolos patrios que ya no tienen héroes, que fueron secuestrados por el espíritu patriótico de otros horizontes y contra el cual tan sólo el mal ha podido imponerse con sus ínfulas diversas de múltiples empresas y múltiples formas de la maraña. Venezuela es hoy un país cuya ética de la reflexión y el conocimiento fue sustituida por una ética de la coyuntura y su lógica rigurosa que la encausaba a la perfectibilidad –como método de solución de sus múltiples problemas- social, fue sustituida por una lógica sórdida compuesta por la intrascendencia y el oportunismo. En ella se vive exaltando un bien trivial y elemental para que su gente tenga que practicar las complejas fórmulas del mal.    



Expresiones más comunes del rastacuerismo en Venezuela:

-Las colas son necesarias porque así todos podemos obtener pollo, papel sanitario, leche, margarina y los alimentos regulados.
-No tenemos artículos de primera necesidad porque todo se lo están llevando pa’ Colombia los empresarios.
-No hay medicamentos porque la gente los está acaparando.
-Gracias a los apagones nos podemos reunir en familia para compartir.
-No hay carros porque la gente los compra pa’ revenderlos al triple de su costo.
-No hay que darle los títulos de propiedad de las casas a la gente para que no las vendan.
-Hay que racionar la electricidad para que la gente aprenda a no encender tantos aparatos de aire acondicionado.
-La violencia ciudadana es culpa de los medios de comunicación que informan sobre las muertes de los ciudadanos que les gusta estar todo el tiempo en la calle.

-La escasez es culpa del imperio y de sus planes magnicidas.





Un sol se desnuda en mi bosque.
De María Hernández de Martín
La vida en la poesía
Por Ángel Madriz

    Octavio Paz escribió alguna vez que la poesía se justificaba a sí misma. Creo que todo poeta necesita constantemente ganarle un tiempo y un espacio a la ruta inexorable de la muerte y es entonces cuando su expresión cobra más brillo, se hace más intensa, se convierte en esencia pura de vivencias y logra vencer cualquier mudez, toda rigidez, la más mínima oscuridad; cataliza el más mínimo recuerdo de existir y en un impulso que podría llenarse de imágenes, diversificarse en reflexiones, extenderse en pasiones y sentimientos, reinventa el sitio mismo del porvenir en donde puede hacer el inventario de su historia, escribe el poema y termina por definirse en franca alianza con la palabra y la existencia. Ha logrado calar el sitio mismo en donde permanecerá para siempre. Es ahora el poeta ese creador al cual todos nos debemos en cuerpo y alma, al cual pertenecemos y del cual todos somos una parte misma de lo que escribe. Cuando leo el libro Un sol se des nuda en mi bosque  de la María Hernández de Martín me asalta una duda: sus poemas son el recuento sumario de toda su existencia o es la síntesis vivencial de todos los afectos que hemos experimentado como seres humanos.
    María Hernández de Martín logra construir una historia en la que el poema es un capítulo, una página y los sucesos son síntesis de un alma que siente los recuerdos y los cristaliza en imágenes que son los hijos, el amante, la naturaleza y las estancias existenciales, en los cuales logran todos confundirse en un solo instante de nostalgias, de amor o de alegrías de vivir. Entre ellos –los seres y lo vivido- los mitos del hombre, sus tormentosos episodios en donde discurren vigilantes del mundo, el lenguaje se mueve entre el péndulo de la más apasionada anécdota  y el profundo sentido de la síntesis. Necesidad de contar que se hace en matices diversos de imágenes y en sensoriales expresiones de lo que se ha vivido. Sinestesia de lo vivencial, frente a la profundidad del verso breve y preciso que algunas veces nos regala la riqueza de un saber pleno de transparencias.
      Un sol se desnuda en mi bosque es un libro que nos define la palabra como una gran memoria de donde surgen rostros amados, dolores expurgados, tristeza aliviadas, tránsitos enmendados y deseos recuperados; es una voz de quien sabe del poder incuestionable que tiene el lenguaje, cuando se convierte en instrumento de la profunda alma que nos exige la urgencia de su presencia, entre quienes han sido parte inquebrantable de sus latencias. Es un libro que discurre con una inteligencia sólida, con una pasión de acerados versos, con una sencillez de complejos testimonios y con una decisión de ganarle belleza a la tristeza que muchas veces significa la nostalgia.

    Publicado por el Consejo de Publicaciones de la Universidad del Zulia y prologado por Mariluz Domínquez Torres, dentro de su Colección Artes y Letras, Un sol se desnuda en mi bosque habla por sí solo de la capacidad de su autora para hacer de la poesía un espacio para ejecutar cualquier rastro de silencio, dentro de una ciudad que solamente sabe transitarse, al sol de todos los días, entre el silencio de sus transeúntes o el bullicio de sus calles.     

jueves, 27 de marzo de 2014




Siempre ellos

Para Génesis Carmona, Bassil Dacosta, Robert  Redman,
Geraldine Moreno, Wilmer Carballo, Daniel Tinoco
 y todos los caídos desde el 12 de febrero.

No sé si son zurdos o son diestros
Si tienen las manos suaves, los rostros tersos
o se calientan al sol y sus dedos son ásperos como la vida.
No sé si visten de algodón, lino, gabardina
o forzosamente se envuelven en lona, poliéster o se diluyen en nylon.
No sé si viven en terrazas con jardines,
comen a la mesas, respiran en balcones      
o ven pasar la vida simplemente con una esperanza interminable.
No sé si viajan y experimentan países remotos
o decidieron eclipsar cualquier sueño de primera clase.
No sé si son de sangre roja, miran en azul o padecen en amarillo.
No sé
         no lo sé
                      no podré saberlo
                                                ni jamás podrá importarme
si comienzan el día con una dulce bocanada de aire    
o se detienen al pie de la montaña para ver caer los restos de cada día.
Sólo sé que son de quince, veinte o treinta y tantos los años que han vivido
y ya han aprendido que son ellos
                                                    sólo ellos
                                                                  siempre ellos han sido
quienes han convertido cada desencanto
cada período manchado por la desilusión
cualquier universo sospechoso de traiciones
en un voluminoso cuerpo de ruinas.

Ellos, únicamente ellos, firmemente ellos
en un solo combustible de rebeldía,
como una marea sólida e imbatible,
cual diversa y compacta manifestación de valentía,
ellos, sin rostro, piel o vestiduras definidas,
                                                                    ellos, así, solo ellos y más nada,
mirando al final de cada poniente y sin importarles las derechas o izquierdas,
sin mirar ropajes, preguntar origen, ni identificar linajes,
sin sospechar de los cansancios, ni condenar debilidades;
                                                                     ellos, siempre francos, sencillos ellos
con solo los nombres para recordarse, para nombrarse
ellos, en cualquier caída, en cualquier mutilación,
en todo brazo borrado por el negro de los humos
o cabezas estalladas por los grises de los plomos
                                                                        ellos, únicamente ellos,
han sabido sembrar amores, cultivar el alma, cosechar las voces,
para entregarnos la brillantez de sus pasiones.

No sé si recogen vendavales porque han sembrado tormentas
tan sólo sé que ellos, brindan sus cuerpos, ofrecen sus sonrisas,
para que construyamos en cualquier momento la alegría


Ángel Madriz




Tríptico rotativo

Es necesario que diga



“A veces los sacrificios de la inteligencia
valen menos que un golpe de suerte.”
Tomás Eloy Martínez





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A ver. ¡Cómo comenzar! El retorno de los insurgentes. Quizás la simplicidad, el sectarismo, la acción fans o simplemente el termostato de la pasión doméstica o cotidiana,  pueda estar rondando las ínfulas proteicas que redondean los formatos del poder y que en el reflejo de su alter ego indispensable se imponga inevitablemente un accionar para la sobrevivencia que exige cualquier diversidad. A ver, cómo no tener que decir. Así, con los infinitivos propios del más inmediato presente. Quiero hacerme la idea de que la vida te remonte cualquier deseo de verte reflejado en la realidad y ésta se convierta en la contraposición más inesperada, pero que como alteridad la concibes esencial para disolver cualquier obstáculo en la conducción de todos tus músculos por entre el ejercicio de la síntesis que es la realidad, construida con y en su más franca expresión de felices convenciones. Quiero hacerme la idea, como alguna vez pude hacérmela durante más de cuatro décadas, de que es posible aguantarse las ganas de ver tus ideas-lecturas-sueños convertidos en espacio fundamental de tu rutina, o que tengas que guardarte tus ansias hasta que puedas algún período decirles a todos, que por fin se cumplió la posibilidad de aportarte con todo y esperanza, para lanzarle a la historia un periplo constructor de vanguardia, ésta, vuelta modernidad de país –no pensando por esos momento en pos o globalidad-, contemporaneidad de pensamiento y diversidad de acción, en eso que aprendimos a conocer como alternabilidad. Pero surge de repente la ruptura de un discurrir que nos comprometía con la búsqueda de una ética más ciudadana y de una lógicas más auténticamente civilista. Ruptura que inmisericordemente arremetió contra las debilidades de toda una compleja y confusa forma de ejercer la democracia, en donde el personalismo adocenado olvidó el más elemental de todos los principios políticos: reconocer las contradicciones y en el ejercicio de las más clásica dialéctica, impulsara una síntesis en donde los contrarios, ya en franco desconocimiento de los extremos,  fueran la clave para la participación más comprometida con la totalidad, para la conjuración de salidas encubiertas, para la transparencia en la adjudicación del futuro en su rumbo hacia el porvenir y no en ese volver a los principio maniqueos que tanto suelen deslumbrar a los amantes nerviosos del poder. Porque a fin de cuentas, el mal y el bien sólo pueden ser ejecutados sin regateos desde las salas situacionales donde se transparenta el poder. Y desde allí, se urdió un oportunismo, cuyos escrúpulos tan sólo pudieron reconocer los vientos intempestivos que venían del pasado subversivo fracasado. Esa es la forma de accionar que nos ha marcado los últimos 15 años de vida pos republicana: resolver la inmediatez de aspiraciones infamadas por el egocentrismo, desconociendo cualquier alegato racional, porque hay sinrazones o dogmas desvencijados que se pueden manejar histriónicamente con las baterías de ingentes riquezas, en una especie de libreto escrito en los muros del resentimiento, el oportunismo, la arrogancia, el narcisismo y el quilate del aquiescente despotismo.  



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A ver, debo seguir intentando decir algunas cosas. El discurso y la imagen de los vencidos, “por ahora”. Cuando reconocíamos que estábamos al borde de un quiebre en la propuesta políticas que habíamos experimentado, alejados de la constante militarista de nuestra historia, esa que había impedido recurrentemente completar nuestros proyectos de país entronizado en las luces del civilismo; cuando podíamos reconocernos en un ejercicio de búsqueda de alternativas, a través de las cuales pudiéramos superar los focos de un estado desgastado por el populismo, e imponer las voces de la inteligencia que se debatía entre el poder oficial y el de un país que ya había abandonado el silencio como forma expresiva de la tolerancia; cuando habíamos reconocido la posibilidad de que la democracia era perfectible desde la exigencia ciudadana, cuya expresión era orientada por su formación política y sus muestras del manejo del conocimiento, se abalanzó sobre el cuerpo de nuestra sociedad, en una rapiña confeccionada en la oscuridad del oportunismo y la traición, los fantasmas del pasado. Y tomaron cuerpo. Fueron resucitados e impuestos sobre las lápidas de la institucionalidad, con el epitafio de un “por ahora” que hoy nos avergüenza por haberle dado una legitimidad espuria que finiquitó, con su significación confusa, la objetividad de un país que había aprendido a respetar sus más fuertes valores. Así entonces la tolerancia, el respeto, el reconocimiento y la legalidad del otro como parte de mí mismo en un todo ciudadano, fue desplazado y sustituido por la intransigencia, la burla, el repudio y el cinismo. Volvimos a eso que hizo de Vargas, Angarita, Gallegos y Betancourt, memoria para nuestra historia. Y así creció un manejo de  nuestras inconformidades en comunión con la disposición de no ser reconocidas por los recintos del estado, porque alentaban los aires propios de la desestabilización que nos insuflabas los predios del imperio. Comenzó entonces a ejecutarse el discursó activo que en un principio prometió “freir cabezas” y demoler opositores, haciendo normales los calificativos de “escuálidos”, “canallas”, “cochino” “pitiyanqui”, “oligarca”, “apátrida”, “fascista” y etc., para referirse indiscriminadamente a quienes, oportunamente, no estábamos de acuerdo con su proyecto pseudo socialista. Se extendió un resentimiento, que ilustró las reacciones “oficiales” frente a los hechos del 2002 y 2003, el cual jamás pudo permitir, a quienes han manejado las rutas de nuestro porvenir, orientar el país con la objetividad propia de la institucionalidad. Jamás puede ser la confrontación o el despotismo la fórmula más adecuada para el ejercicio de un gobierno y menos aún, cuando la diversidad humana se hace efectiva ante un propósito de inclusión, que tiene como norte un cambio radical en la concepción del mundo. No podíamos amanecer un día todos pintados de rojo, con atavíos e imágenes que nos imponían reverencias o cultos a un rostro que nos inventaba traiciones o nos estigmatizaba de “parásitos”; que nos intervenía la cotidianidad, decidiendo qué ver u oír sin preguntarnos los que deseábamos, o nos restregaba la heroicidad de quienes por mucho tiempo habían dejado de ser nuestros referentes, porque simplemente se habían convertido en la expresión del terrorismo más atroz en nuestro continente. Marulanda, Sadam Hussein. Muamar El Gadafi, El Che y Fidel Castro fueron levantados sobre el pedestal donde antes resplandecían Páez, Gallegos y Arturo Uslar Pietri. Lejos estábamos de seguir un guión en donde el personaje principal tiene un historial de deudas con nuestro Caribe multirracial, mientras la “dignidad” ha servido para reprimir y dejar que la libertad, adopte el traje mercenario propio de quien se cree predestinado por la historia, mientras la realidad y la grandeza de nuestro país ha venido siendo trocada por caprichos vehementes y circunstanciales tratando de enajenarnos de nuestros valores, estableciendo un discurso de falso patriotismo. Hasta que llegamos a respirar una atmósfera plagada de emulaciones al fracaso de un socialismo detenido en los límites simplistas de la ideología y la doctrina,  maquillado con los cosméticos totalitaristas, que se fue estancando en un vulgar capitalismo de estado y que ha venido siendo impuesto con mediocridades de un intelecto que jamás ha comprendido, ni ha sabido interpretar los errores de los cien años de historia regada con la sangre de quienes complejamente han creído en la libertad como fórmula para resolver cualquier contradicción. Deviene entonces la reacción como una respuesta inmediata a los quince años de ocupación e intervención de una falsa ideología, que se esgrime para seguir defendiendo el fracaso más obvio de la historia Caribeña Americana. Es esta una causa para comprender los hechos que estamos viviendo.  


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Qué decir ante la herencia cromática de Chávez y el estallido vertebrado de las barricadas. El cuatro de febrero de 1992, apenas comenzando el día, experimentamos la sorpresa de que el país había sido conmovido por un intento golpista contra su gobierno democráticamente constituido en torno a la figura de su presidente  Carlos Andrés Pérez. Mediocre e insultante acción, llevada a cabo por parte de un grupo de militares medios y desconocidos, quienes con sus acciones claramente subversivas, habían despertado el fantasma militarista que por décadas llevó al país por las vías del caudillismo y de los salvadores mesiánicos, que no lograban andar más allá de los excrementos de sus grupas. La rebelión fue controlada por la institucionalidad, dejando un “por ahora” arrogante y cacofónico que marcaría el surgimiento de la desinstitucionalización del país, así como las más oscuras páginas de traición, mentira e intriga y cuya escritura fue alentada por los poderosos de entonces, insuflando con medianías de palacio, las ínfulas de los ambiciosos de poder que emergían en una especie de tropel desbastador. Y dos años de cárcel fueron suficientes, para que desde la egolatría del Estado, su presidente, Rafael Caldera, en un acto de inexplicable razón política, dejara en libertad, con todos los derechos de cualquier ciudadano venezolano, a quienes amparados en ellos hicieron un borrón y cuenta nueva en sus currículos y ascendieron al poder. No podemos negar que muchos, quizás casi toda la nación soñó con el inicio de lo que luego fue llamada la Quinta República. Pero ésta tuvo su tarjeta de presentación bajo la manga: Socialismo del siglo XXI. El país se comenzó a teñir de rojo. No podía haber una dependencia, hospital, instituto, calle o edificio, que por pertenecer al estado no fuera marcado con los símbolos y los colores del partido que militaba el presidente, en una especie de marco que destacaba su imagen. Se compraron emisoras de radio y se fundaron algunas de televisión y entre todas, Venezolana de Televisión funcionaba como el comité central de propaganda del partido-estado. El rojo pasó a ser el telón de fondo de una campaña de promesas que recogió las inconformidades y los resentimientos, que durante muchos años, se habían acumulado en todas las instancias de la sociedad venezolana y las convirtió en el combustible volátil de una campaña en donde los vengadores resarcirían sus aspiraciones de justicia. Las expropiaciones se pusieron al orden del día como fórmula para “darle poder al soberano”. Se legitimó la dádiva como instrumento para “sacar de la pobreza” a los más necesitados. Las misiones sustituyeron cualquier proyecto en salud, educación, vivienda, trabajo y alimentación. La  CIA pasó a ser la más grande financista de cualquier crítico que sugiriera un método más eficaz para cumplir con las promesas empeñadas, o simplemente ponía en evidencia métodos como “los gallineros verticales”, “los cultivos hidropónicos” o se burlaba del “trueque” como práctica para solucionar los problemas que se acentuaban en las relaciones de compra-venta, en un mercado que cada día presentaba más problemas para satisfacer “la soberanía alimentaria” que tanto se había preconizado. “Escuálido”, “Majunche” y “Vende Patria” fueron apelativos que identificaban a quienes daban la más mínima muestra de disensión con el discurso presidencial. Surgieron comandos, patrullas, círculos, colectivos que fueron puestos al servicio de la revolución. Cualquier protesta fue estigmatizada con el nombre de guarimba y en cada voz disidente estaba la mano del imperio. El imperialismo sólo venía de USA y de sus diabólicos gobernantes, mientras que El Gigante asiático, la decadente Rusia Imperial y las aspiraciones imperialistas de Irán, no significaban amenazas para la soberanía venezolana, al servir como aliados en una especie de “intercambio” en donde el petróleo ha estrechado lazos que han sido bien atados con sumas multimillonarias de dólares, que hace de las deudas anteriores, tímidas cifras de un país con un petróleo a precios doce veces más bajos. La economía fue reducida a un recetario cuyas categorías fueron rescatadas de los libros propagandísticos de los años setenta del siglo pasado, en donde lo político fue esencial para justificar la incompetencia. Todos los fracasos en este orden fueron endosados a la Cuarta República, al Capitalismo y a las maldades del imperio. La realidad cotidiana fue dividida en dos: los con Chávez y los apátridas. El desconocimiento del otro como expresión de diversidad alcanzó rango social y la doctrina por el socialismo comenzó a ser impuesta a partir de valoraciones falsas del pasado. El puño al aire, el uniforme militar y la ideologización de los cuarteles revelaron un país en donde la acción civil había sido desplazada, dando origen a un poder del estado que criminalizó el desacuerdo, la protesta, la colegiación y el reclamo, convirtiéndolas en enemigos del poder que mostraba su talante absolutista. Al final, la rebeldía comenzó a defender de la frustración a una mayoría que siempre había trabajado para alcanzar el triunfo en el trabajo, por lo que gran parte de la sociedad sintió que la lucha por el poder había sustituido la construcción de un país que en manos de la incompetencia, la corrupción y el personalismo exacerbado, jamás dejaría de encaminarse hacia el fracaso, la derrota y la violencia. La Constitución se banalizó, pasó a ser una especie de celestina que podía ser ajustada a los requerimientos oficiales del día. Para ello ya el país había sido desdibujado en sus instituciones, cuando la injerencia extranjera –bien lejos del  norte- marcaba los rumbos de la nacionalidad. La justicia se convirtió en decisión a golpes dentro de los espacios del debate. La minoría hecha poder instituyó decisiones que hoy nos debilitan como nación soberana, pacífica, librepensadora y productiva. El orden del día comenzó a traducirse en la muerte de más de veinte mil ciudadanos venezolanos anuales productos de la violencia; en un desabastecimiento que además de someter a la población a una  búsqueda interminable de sus enseres fundamentales, contribuye, en detrimento de la nacional,  con el crecimiento de economías extranjeras a través de importaciones injustificables históricamente como leche, azúcar o papel higiénico, entre otros productos; en una inflación que impide la tranquilidad cotidiana más elemental al ser celebrada por no superar el cincuenta y seis por ciento en el último año; en una realidad que cada día es más difícil de reconocer como espacio para la expresión libre y diversa, para la consecución de la felicidad en su forma más esencial como es la posibilidad del trabajo creador,  el derecho al reconocimiento del mérito  y el ascenso social, o simplemente la libertad a ser diferente ideológicamente sin que ello sea estigmatizado con el discurso absurdo de la descalificación. Puede que a partir de allí, las barricadas sean un prototipo de respuesta a la agresión más sutil y perniciosa: la burla contra el pensamiento, la negación de la existencia de graves contradicciones y la descalificación del espíritu contestatario, carácter indiscutible de toda sociedad en dialéctico discurrir. Satanizarlas fue una respuesta de un estado cansado, adocenado y enquistado en una arrogancia que solo ha dado muestras de su concepción abrupta del poder, expresado en el fuego represivo de lo más oscuro de la historia Latinoamericana.




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    Más allá de una plaza. Qué horrible la basura. A triste el árbol que cortaron. Llamemos a la paz. Entre las muchas preguntas y las pocas respuestas. En agosto de 1968 Fidel Castro, desde la Habana y para el mundo dijo: “Lo esencial es si  el campo socialista podía permitir o no que un país socialista pudiera actuar según sus propias decisiones. Nuestra posición es que no es permisible y que el campo socialista tiene el derecho de impedirlo de una forma u otra.”  Se refería a la situación de Checoeslovaquia, país que había decidido hacer cambios en lo económico, en lo político y en lo social, impulsando la aplicación de una democracia socialista real que les permitiera recuperar la productividad y llevar más libertad a la población en todas las esferas que, hasta ese momento, habían sido intervenidas por el régimen soviético. ¿Qué era lo que proponían los checos dentro de esa democracia socialista? Dichas propuestas aprobadas después de largas e intensas discusiones dentro  de su partido comunista eran, entre otras, la legalización de los partidos políticos, libertad sindical, libertad de prensa y el restablecimiento del libre mercado. Ante estas legítimas aspiraciones, la Unión Soviética decide invadir este país, para poner el orden socialista dictado desde el Kremlin. Y  siempre, y para entonces nosotros, desde nuestra precaria participación en la izquierda venezolana, nos preguntábamos si era legítimo o no que cualquier nación tuviera derecho a definir el rumbo de otro país, si era aceptable que con el uso de la fuerza de las armas,  todo un imperio como la Unión Soviética, arrasara con dicho derecho y justificara dicha acción, alegando que la negra participación del Imperialismo Yanqui, en la toma de decisiones hecha por el pueblo y la dirigencia reprimida brutalmente en Praga. Igualmente me pregunté durante mucho tiempo –mientras creía que el socialismo era una opción frente al capitalismo-  si la revolución de Mao Tse Tun lo habilitaba para arremeter contra el Tíbet y sus templos con el fin de someterlos a su proyecto político, o si la brutal represión hecha en la Plaza de Tiananmen contra los estudiantes que reclamaban una serie de reformas económicas y políticas que les permitiera una mejor forma de vida, era justificable ante los ojos del mundo bipolar. Ante la decisión de los manifestantes de no ceder a sus aspiraciones,  el gobierno chino decidió enviar al ejército a disolver la protesta, lo que produjo una cruel represión y la muerte de un número indeterminado de muertos – según la CIA entre 400-800, según la Cruz Roja China 2600- y más de diez mil heridos. ¿Cuáles eran las exigencias de los estudiantes e intelectuales chinos atrincherados en la histórica plaza de Tiananmen? Que se revisaran las políticas económicas impulsadas por Deing Xiaoping, ya que las mismas estaban produciendo una alta inflación así como mucho desempleo; exigían también que se flexibilizaran los controles políticos y sociales que ejercía el Partido Comunista de China; proponían una lucha contra la corrupción y libertad de prensa. Hoy China es uno de los imperios más emblemáticos del mundo, en donde capitalismo y socialismo se entrelazan entre la riqueza que algunos amasan estruendosamente, mientras se ejerce un control férreo de la vida de los ciudadanos por parte de un partido que no tiene pares con el cual confrontarlo.  Imperialismo con el cual competimos como aliados a la hora de disfrutar los beneficios del odioso-asesino-brutal imperialismo yanqui. Como las plazas en Praga y en Tiananmen, en Venezuela las barricadas se han convertido en la trinchera más a la mano que han tenido los que protestan, para tratar de resguardarse de un gobierno, que no ha tenido la intensión de escuchar las demandas que los ha lanzado a las calles, a exigir lo que siempre exige un pueblo cuando llega a la coyuntura peligrosa donde puede perderse la vida: Cese de la violencia cotidiana y política, lucha contra la corrupción, libertad de prensa, entre otras. Pero el poder, cuando se vuelve estado y trasciende al hombre como sustento fundamental de su existencia, se despereza de cualquier transigencia y desde el maniqueísmo más burdo, justifica su razón de ser, sin importarle que el paso más conveniente para conjurar los malestares sociales, están en la simple conducta de liberar la capacidad para escuchar. De allí que en Venezuela, hoy, un estudiante, ama de casa, obrero, profesor, sindicalista, alcalde, diputado o simplemente un ciudadano que se queje porque no puede disfrutar de las calles porque puede ser vilmente asesinado; que reclame porque se le va la mitad de la vida en ubicar una bolsa de leche o de azúcar, o un paquete de papel higiénico, o un paquete de harina, o un  jabón de baño, o un tubo de crema dental;  que proteste porque tuvo que pasar un día para comprar –afortunadamente- una batería para su carro; que proteste porque el poder se utiliza para agredir a golpes a quien me contradiga; que enfurezca porque protestar es un delito mientras eres protegido si lo haces vestido de rojo; que marches porque se encarcela bajo argumentos amañados, mientras los verdaderos delincuentes se pasean por nuestras calles libremente o viajan en primera clase; en fin, cuando se delimitó el dominio de la tranquilidad y se lo violentó con las armas históricas que ha utilizado siempre el poder para dominar cualquier oposición que está jugándose el porvenir, se inventa el discurso de la victimización, la filosofía de la lástima, el argumento del despotismo y la expresión de la negación. Guarimba es lo que hacen y guarimberos son y con ello la palabra les viene al dedillo, como le ha venido a todos los constructores del socialismo en el mundo. ¿Es que  hoy una plaza vale mucho para el Estado cuando durante más de diez años no han servido para el esparcimiento del pueblo? ¿Es que la violencia es nueva hoy y hay que combatirla hasta la muerte, aunque ella impunemente, orientada por la delincuencia y no reconocida por los ministros consuetudinarios del régimen, haya producido más muertes que cualquier guerra conocida? ¿Es que tengo que escribirte lo que quieres leer para que no me elimines de tus contactos de facebook? ¿Será que hoy el fascismo tiene nombre de oposición, aunque el Estado esté con su traje monocromático deglutiendo a sus integrantes? ¿Será que debemos seguir escuchando el ritmo del son en las cuñas electorales, los puertos, las notarías, los registros y la injerencia extranjera debe llamarse aliada aunque tenga aspiraciones evidentes de duplicar su imagen o tenga el nuevo cuño imperialista que nos asecha tras sus dragones milenarios? ¿Debo pensar que los males humanos tienen un solo origen y éste lleva el nombre de USA, nuestro financista principal, que nos avergüenza? No sé. Mientras no se acepte el fracaso rotundo de un modelo de tres lustros. Mientras nos se sustituya el discurso político y se le dé prioridad a lo social-económico, mientras no haya un reconocimiento del otro como parte de la diversidad que somos, puede que las barricadas sean demolidas como fueron abatidas las plazas de Praga y de Pekín, pero la guarimba se convertirá en símbolo de la protesta y el guarimbero aprenderá, como Mandela,  que "no es valiente aquel que no tiene miedo sino el que sabe conquistarlo”, y como él sabrá actuar, en el momento crucial, para transformar el resentimiento, el odio y la venganza, en combustible para que el alma sea un motor que construye felicidad. La paz comenzará entonces con la observación, el respeto y la necesitad de quien me adverse, para salir a plantarla en la extensa tierra de nuestro país. Será la sensatez. El amor a lo local. El empuje del siglo XXI libre de izquierdas y derechas. Pletórico de proyectos en donde el porvenir es implemente la posibilidad de pensar y actuar sin lazos simples de ideologías.