jueves, 24 de diciembre de 2009

Tríptico Rotativo
Memoria sincrética
Ángel Madriz

“Quizá el espíritu de cada uno
realiza aceleradamente el proceso espiritual
de la humanidad.”
Ernesto Sábato, Heterodoxia





I

LUZ de ayer. Universidad de hoy.
Hubo una época en que nuestra universidad –creo que un cuarto de siglo atrás, quizás más, ya no lo sé- era una institución cuya identidad estaba centrada en su Fortaleza comunitaria. Más que un espacio de intereses compartidos, era el sitial del interés colectivo, el alma mater, La Universidad del Zulia. No sé cuándo se convirtió, creo que gracias a cierta concepción “rigurosa” de lo Académico, o al advenimiento de un nuevo orden axiomático centrado en la tecnocracia, en la Universidad del Zulia. Ayer, recuerdo, poetas, pintores, dramaturgos, ensayistas, narradores, profesores, estudiantes, empleados, obreros, maracuchos y conciudadanos también extraterritoriales, celebraban su amor por L.U.Z. Nos sentíamos partes de un techo universal en donde se celebraba la creación: fue la esplendorosa existencia del Centro de Artes Gráficas, del apogeo de Danzasluz, de la presentación incansable de Teluz y del Chímpete Chámpata y del referencial premio Arte y Letras. El grupo Guillo surgió desde los pasillos y oficinas de la Dirección de Cultura, en donde el furor del arte inundaba cada segundo y hoy, sus muñecas, son rivales de nuestra memoria, al tiempo en que su revista y sus libros nos acompañan físicamente porque conforman una parte significativa de nuestro cuerpo cultural. Romeo y Julieta sedujeron, desde el Galpón, a universitarios y extraños, dándole paso, desde los pasillos y aledaños en todas sus facultades, a Los ángeles terribles, Profundo y La matraca, permitiéndonos un fructífero reposo para aquilatarse con el Cine Club de Luis Buñuel, Carlos Saura, Eisenstein y su insustituible Chaplin. La revista de la Universidad, La revista de la Dirección de Cultura y el Pez fumón salían sin agotamientos periódicos y con la riqueza de una institución que brindaba el producto de su gente sin esperar puntuaciones, reconocimientos o avales, ni mucho menos el premio por haber aplicado a. Profesores, estudiantes, empleados y obreros. Simplemente eso y teníamos la legitimidad de una institución que sabía de su gente. El origen de aquella fortaleza institucional estaba en cada uno de sus integrantes. LUZ era una comunidad en la que trascendía el interés por hacer de ella la síntesis y universalización de nuestra diversidad. ¡Ah!, y elecciones venían –siempre s su tiempo- para incorporarnos a la alternabilidad como expresión del deseo de continuar lo iniciado. Recuerdo algunas de ellas en las que la diferencia era de 5 - 4 – 3 ó apenas mínimos votos. La universidad seguía, sin embargo, aunque los lamentos se maceraran en los lujosos estancos de la solidaridad que era el rival. Así el poder era asumido y dejado como parte de la cotidianidad y estado circunstancial, práctica de una retórica academicista. La excelencia académica nunca fue defendida como el eslogan de lo que debía ser, de lo que se hacía todos los días, de lo que mostrábamos al mundo. Confróntese las experiencias de muchos de nuestros profesores en el exterior, de nuestros hallazgos en salud, en el agro, en ciencias o en el tan reconocido arte y humanidades. De estos intercambios se aprendió el discurso del arbitraje y se asumieron sus ítems. Investigador debía ser también cualquier docente y por lo tanto ser magister, doctor o sabio, según fuera el título de posgrado obtenido. La academia resultó entonces la palabra preferida por los elegidos. El poder comenzó a ser un asunto de ejercicio político, calistenia para llegar a la cumbre de la elite, conductora primero, administrativa después hoy: universidad, región y país, en su respectivo orden o desorden. La imagen o identidad corporativa trajo sus necesidades de Fortaleza Mediática a las universidades. Cómo se vende una autoridad o cómo hacemos para ser presidente de cualquier parauniversitario fue la traducción del libro de Joe McGinniss que más transferencias tuvo entre académicos de todos los colores y lenguajes. Comenzaba el deleite de la representatividad, del ejercicio del poder como símbolo de estatus delegado en parafernalias representativas: chofer que lleva-trae y cuida de las últimas modas al tiempo que ejercita sus aspiraciones de guardaespaldas; celulares, trajes y uno que otro adminículo para cumplir bien el oficio incluidos. Y mientras, el arbitraje, las credenciales, los doctorados, las credenciales, las aplicaciones, las credenciales, el Conaba, el PPI, la Indización, los nuevos paradigmas, la transdisciplinariedad –inter y multi fueron superados en el mundo de los “pares”- en fin, la carrera por el ascenso dentro de la corporación. Y tenemos nuestra Universidad, la que sigue soñando, la que sigue amando, la que sigue creyendo en la multiplicidad humana y social, la que aún se escribe con mayúscula, La Universidad del Zulia como supimos diferenciarla entre los recintos de la solidaridad, el desprendimiento, la amistad, el estudio, la libertad; valores que definen el sol eterno de quien ha aprendido que ser humano es una condición, un estado que se gana diariamente.


II

Marabino vos. Maracucho yo.
Maracaibo ha sido siempre para mí un lugar extraño. Nunca me he explicado, a pesar de las muchas informaciones que he podido recabar, por qué sigue siendo una ciudad de sequías insuperables, teniendo en cuenta que forma parte de una de las coyunturas hidrológicas –el lago, ese estuario de porquería que una vez nos guio como cuenca que era, y que hoy derrite nuestra paciencia- más importantes del mundo. Ya el imaginario popular considera la región como una referencia de las más clásicas y típicas paradojas universales. Es más, para nada le resulta extraño las anécdotas de totumas como adminículo de aseo, y sueña con adentrarse un día en las aguas rescatadas de su patio lacustre, claro está, respetando la señalización que le indicará la ruta que seguirá esa vía subterránea que con tanta vehemencia nos prometiera el Presidente -¿actual o anterior?, ya no lo recuerdo- que él nombró como “Vía alterna al Puente sobre el Lago de Maracaibo”. Dentro de sus 12.870 kilómetros cuadrados, este gran saco acuífero le da cabida a 135 ríos que le depositan sin permiso algunos 1.900.000 litros por segundo de agua y mientras tanto, somos impulsados a racionar el líquido vital que muchas veces no vemos hasta por semanas. Como si la lógica elemental hubiera hecho de nosotros gente que vive con agua a pesar de no contarla como suministro de una ciudadanía universal libre y soberana. A pesar de los titulares locales, regionales y nacionales que periódicamente dejan caer sus babas retóricas sobre la red de distribución que olvidan al sentir el fluido insurgente de sus depósitos residenciales. He pesando siempre que el ser maracucho tiene que ver con esta condición de aridez intensa. Desde la guajira hasta Casigua, El Chivo, Bobure y Bachaquero, sin olvidar Machiques, Cabimas y Santa Bárbara, la ruta de calor insoportable es mínima ante las necesidades de una región que siempre ha tenido que conformarse con agua potable dos veces por semana en el mejor de los casos. Y promesas van junto con palabras y proyectos que hoy son el expediente de la mentira, el fiasco, la doblez, el oportunismo y la traición. Pero bien, cada final de año, entre gaitas, vallenatos y reguetón mirando hacia el altar de la virgen que todos invocan locos de furor, tenemos, religiosamente, luces que encender en toda una sección de ciudad que se conforma con pasar la página del abandono, para reírse de sus despojos una vez al año los días, en una especie de comedia buffa, en la que se canta la desgracia para separarse del drama cotidiano, de la histeria que más de cincuenta años –entre blancos, verdes, amarillos y rojos- ininterrumpidos de desidia oficial – alternativa prendida sobre la “alegría” de esta pequeña nación llamada Maracaibo nos venden como ciudadanos alegres y pacientes: aquelarre de la regionalidad, diríamos honestamente. Y así, vista esa regionalidad adormecedora y ponsoñosa, no puedo dejar de mencionar los nuevos rostros del circo en el que hemos devenido, con luces y efectos nuevos incorporados, pretendiendo con ello remedar la personalidad cosmopolita de las grandes ciudades, aunque tengamos que deglutir caricaturas forzosas de decadentes remembranzas universales. Entre remedos de nuestro emputrecido puente sobre el lago o nuestras ruinosas y miserables casas del Saladillo nos tropezamos con parodias acuñadas de la Torre Eifflel, la Catedral de Notre Dame o el Tal Mahal, sin mencionar el nuevo código citadino que nos registra el Corredor vial tal, el Centro mal cual, el Boulevard fulano, la Villa mengana, el Troncal de allá, mientras todos caemos derrotados por la desvergüenza de quienes tan sólo se preocupan, desde el gobierno local, regional o nacional –desde el CLEZ, las Alcaldías y el Palacio de los Cóndores, hasta la AN, el Tribunal Supremo (con nuestros profesores y rectores incluidos), dentro de los pasillos de Miraflores- en fabricar las grandes fortunas que los identifica, hoy en el argot de nuevo cuño, como los marabinos de nueva prosapia. A mí, como sabiamente solía decirlo mi abuelo Adán, déjenme maracucho, que con ello no dejaré de ser cañadero de Maracaibo. Y a mucha honra. Maracucho de la calle El Milagro, la placita de la Basílica, la urbanización Pomona, de la avenida Bellavista y del Mercado Principal, que una o dos veces por año actualiza sus paseos por la Panamericana vía rutas del sur. A mucha honra y con el sol por delante.






III


Oligarquía de la IV. Burguesía de la V.
Puedo recordar el ánimo que me embargaba durante la década de los ochenta y los noventa del siglo pasado. Ante un país en el que los gobiernos de turno habían dilapidado ingentes cifras de dólares prevenientes del petróleo y de otros ingresos, sin poder haber solucionado definitivamente los problemas básicos de educación, salud, vivienda y seguridad, llegamos a pensar que la única salida real que acabara con la irresponsabilidad de un estado acaparado por la ineficiencia, la corrupción y el despotismo, estaba en la posibilidad indeseada de una clase que, desde cualquier resquicio del poder alternativo pudiera irrumpir para fulminar, de cualquier manera, la hegemonía bipartidista que no daba tregua a las aspiraciones de la gran mayoría nacional. Llegamos a temer que incluso una especie de onda política de derecha extrema, alimentada por una moral pragmática y fundamentalista llegaría y detonaría la existencia de un estado que, en nombre de la democracia había construido un imperio de complicidades políticas y económicas para dominarlo todo, dándole paso a una era de profundas represiones y confrontaciones nacionales. Dando paso a un nuevo período donde el miedo pudiera ser vencido por los potenciales de amor por la libertad. Sin embargo, olvidábamos que al lado de este traje hecho a la medida por los gobernantes, la participación de muchos iguales a nosotros, introducían controles múltiples, a través de leyes y organizaciones, con los que alternamente se fue construyendo esa institucionalidad que permitía la dialéctica de la confrontación en un país que por mucho tiempo había conjurado la tara de la subversión como vehículo de expresión disidente. Fue quizás esta disyunción social lo que redimensionó la actitud militarista del desconocido teniente coronel Hugo Chávez el cuatro de febrero de 1992. Siete años después, indultado por un presidente fraguado en las flamas de una Venezuela civilista, el oscuro militar se convierte en presidente. Creo recordar que una compañera profesora, venezolana por ensoñación, exiliada de esos sitios que en el cono sur americano se llenaron de uniformes-condecoraciones-discursos patrioteros con los que ultrajaron la transparencia de unos sueños de grandeza que oteaban el horizonte y se instalaban en el futuro del desarrollo vertiginoso, ella, con el miedo instalado en sus evocaciones me hizo tragar grueso cuando ilustró magistralmente acerca de la medianía intelectual y humanista que tristemente ha caracterizado históricamente a nuestros militares. Deseaba, en lo más profundo, no ser parte de ese país que celebraba, resentido, el “por ahora” de un posible nuevo orden a la vuelta de la esquina, y que súbitamente se transformó, con todo el sentido revanchista del fracasado delirante, en el emblema de quienes jamás habían creído en el trabajo creador, el respeto, el libre pensamiento, como los grandes valores que siempre habían sido enarbolados como muestra de la solidez institucional. Comencé entonces a dudar en la gallardía de sus dirigentes, en la consecuencia de sus políticos. en la sinceridad de sus luchadores sociales. Hoy, diez años después, quebrada la Cuarta República, desprestigiado el Pacto de Punto Fijo, enterrada su constitución de 1961, vilipendiada su clase política e identificando como enemigo a todo aquel que se mueve en el ámbito múltiple de la disensión, se maneja el modelo socialista que en Europa, Asia y en otros sectores continentales de nuestro planeta, es simple carroña ideológica, jeringoza semántica o sueño matabobos que marca la desdicha de una época oprobiosa en donde se construyeron las grandes mafias que hoy se pasean, rampantes y escenificando el boato de sus adquisiciones como una sonrisa sobre las muecas de los grandes desposeídos que se fundieron en sus territorios. Quizás Trosky, Scenin, Pasternak y Solzhenitsyn y los afamados Gulaps de Stalin, sea apenas recuerdos de una pesadilla que logra sus pares en las masacres producidas por la revolución cultural de Mao y en los fusilamientos de Fidel. Nunca una sociedad había deseado tanto que la palabra fuera secundada por la acción. Igualdad, justicia social, libertad, fueron gritos lanzados al espacio junto con los gallineros verticales, los cultivos organopónicos, las cooperativas y el socialismo del siglo XXI, como el impulso de un estado que daba el poder a las masas, le planificaba sus sueños con salario mínimo, dosificaba las divisas para los oligarcas y controlaba las ondas hertzianas de los comunicadores golpista. El pensamiento revolucionario asumió la bandera de todos los poderes, pagados muy bien con los dólares del imperio y se desparramaron sobre la geografía la igualdad de todos los camaradas: grandes camionetas, confortabilísimas residencias, jugosas labores, glamorosas indumentarias, cosmopolitas itinerarios, sustanciales negocios, bancos, importaciones, empresas múltiples…novecientos cincuenta mil millones de dólares levantando la debacle de una cúpula en donde parlamentarios, magistrados, rectores electorales, ministros, gobernadores, fiscales, generales, policías y los heraldos todos de esta revolución encontraron el espacio para maldecir la apátrida, golpista, contrarrevolucionaria y entreguista actitud de la Cuarta República. Hoy, después de consumir los sirios que han ven ido alumbrando el festín de los burgueses venezolanos de la V Repúblicas recuerdo que el poder nunca se lleva en las manos, jamás se ejecuta con la razón, se disfruta con el alma, se siente en el corazón, y éste, deja de latir un día sin dar oportunidades, muchas veces, de recoger las lágrimas del arrepentimiento


Acumulando abriles

"El continente sostiene un lago de música oscura.
Teje su muerte en el mar como en el silencio los astros."
C.D.Rincón


La palabra construye realidades, las enriquece al darle vida con sus sonidos de vocales o consonantes y las transforma cada vez que la nombra con la fuerza insostenible de la imaginación. Cuando el mundo se presta en sus dimensiones para ser observado crece en belleza a pesar de que el hombre se empeñe en objetivarlo a través de la razón. La palabra es simple como el día y la noche, es transparente como el aire que respiramos y es poderosa como los mares en turbulencia, como las manchas del sol en su reflujo milenario. La palabra anda sin necesidad de apoyos, existe sin el permiso de Dios, abunda cuando somos felices y se desliza milimétricamente cuando caemos en desgracia. Se antepone a la tristeza. Es el paradigma de la desesperación. Se multiplica en el amor y se resiente ante el paso de la traición. Pero ante todo es la compañera más fiel y grata en los ratos de nuestra soledad y la oportuna aliada de nuestros recuerdos, de la historia íngrima de cualquiera de nuestras existencia. Es la mejor forma de lanzarnos al universo, el que tenemos en cada espacio cotidiano o el que espera para ser aprobado en nuestra memoria espiritual.
Es el libro Acumulando abriles, de Ebrahim Faría Reyes, algo más que la palabra. Es ella y cualquier ser humano que vive y ama, que existe y sueña, que sufre y odia, que ve pasar frente a sus ojos los episodios constantes de la realidad. Esa que construye la memoria de la humanidad sin respetar individualidades y sin detenerse a valorarla. Franco diálogo del poeta con el espejo caleidoscópico del mundo en donde va con intensas observaciones, con abrumadoras anécdotas, con desconcertantes vivencias y sin posibilidades para soslayarlas. De allí que cada poema es una especie de soliloquio inquebrantable en el que la totalidad de las significaciones se encuentran íntimamente ligadas a los amigos, las mujeres deseadas, las amadas, el paso de los años, los infantiles recuerdos del barrio y la esperanza de ser un día el mago que exorciza los demonios objetivos que impiden amar más allá de calles y aromas.
Acumulando abriles, es en definitiva un poderoso y justo reconocimiento a las fuerzas de vivir, en un vendaval de imágenes que recogen las metas del amor como objetivo liberador de toda angustia. Sus veintidós poemas surcan un espacio que jamás se detendrá para esperar nuestras rectificaciones, porque es el registro de un lapso que jamás podrá ser olvidado, ni remotamente sustituido. Ilustrado con hermosas pinturas de Omar Patiño, para la Colección Cal y Agua, que Ediluz nos entregara durante 2008, este libro forma parte de un legado que nuestra ciudad mantendrá siempre en su escritura.

sábado, 10 de octubre de 2009

Tríptico Rotativo
Libros y Digital.

Dos protagonistas. (*)

Ángel Madriz


"La televisión ha hecho maravillas por mi cultura.
En cuanto alguien enciende la televisión, voy
a la biblioteca y me leo un buen libro.

Groucho Marx"




I

De aquí a la eternidad. Aprendí a leer en una de esas escuelitas a la que mis padres me enviaron porque aún no cumplía los siete años para ser recibido en la educación oficial y ya me maravillaba, no sé por qué causa –nacía uno con eso decía mi abuela-, con los pocos libros que llegaban a mi casa del campo petrolero en donde me crié. Rosita, mi primera maestra informal, trajo a mi pequeño mundo los primeros cuentos: Pocaterra, Pedro Emilio Coll, Gallegos y Arráiz fueron leídos conjuntamente con Los Hermanos Grim, Hans Chrinstian Andersen, Horacio Quiroga, Edgar Allan Poe y Las mil y una noches. De vez en cuando, aquella inolvidable maestra pueblerina nos leía algunos poemas de Andrés Eloy Blanco, Leoncio Martínez, Aquiles Nazoa y oportunamente, Amado Nervo, Bécquer, Lorca y alguno que otro de esos que hoy apenas si recordamos y decidimos llamar románticos decadentes. Muy rápidamente pude desentrañar aquellos misteriosos y variados episodios de vida en el solaz de mi casa, desde las páginas impresas que fueron enriqueciendo mis pertenencias. Con la escuela primaria llegaron las grandes antologías de los hermanos Belloso así como Otero Silva, Eduardo Blanco, Neruda y Rubén Darío. De Tío Tigre y Tío Conejo, Juan Peña, Pulgarcito, Simbad, La musa del Joropo, La loca Luz Caraballo, el dolor de amor y la muerte de soledad, pasé a conocer Las miserias de Ortiz, la confrontación entre Santos Luzardo y Doña Bárbara, El ruiseñor y la rosa y Poema 20. Entre mugidos vespertinos, serpientes ocasionales y veladas semanales, Campo Mara se convirtió, a medida que tenía acceso a nuevos mundos, en un espacio cuya realidad llegó a permitirnos la elaboración de una retórica infantil de profunda riqueza cultural, y entre personajes que nos conmovían desde las páginas, comencé a cultivar un gusto ocasional y selectivo por el cine, durante las veladas de fines de semana, en las que nos entreteníamos con los emblemáticos actores del cine mexicano y los insólitos aventureros de los musicales de Broadway. Los libros, sin embargo, seguían siendo la forma más elaborada y auténtica de tener referencias amplias, múltiples e imperecederas del mundo que existía más allá de los límites de mis pequeños años. Venezuela se multiplicaba vertiginosamente en un legado de obras que nos llegaban a la escuela a través de nuestros amorosos maestros. Creo que esta relación mía con los libros me enseñó a descubrir que existe una realidad más grande, más rica y más maravillosa, que la que discurre diariamente frente a nuestros cuerpos y se disipa cotidianamente al caer el sol, sin la oportunidad de detenerla para hacerla una posibilidad cultural, intelectual y sobre todo, vivencial. Cada palabra, personaje, paisaje, reflexión o acción ejecutada en lo que leía, me brindaba un momento inédito para que mis sentidos, sentimientos y pensamientos se ubicaran del lado inequívoco que me exigían mis individuales valoraciones del mundo en que vivía y esto, afortunadamente, hacía que pudiera reconocer y reafirmar el sentido necesario de defensa del amor, la lealtad, la libertad, el ser humano, el espacio en que existimos, la idea de la trascendencia. Fue luego el liceo una vía para diversificar un oficio lector, mi apego a los libros, que ya era reconocido como fundamental en mi proyecto existencial. Marx, La Historia de Brito Figueroa, Freud, Bachelard y Jung me enredaron en una encrucijada de donde salí pensando que la mejor forma de leer es aquella que te lleva a descubrir lo que requieres de los libros. El socialismo, nuestra compleja condición de patria arrasada por caudillos, golpes de estados e intervenciones foráneas, el mundo de los sueños, los espacios fundamentales en donde transcurrimos y la conciencia de que somos un inconsciente que se eterniza a medida que morimos, me obligaron a traspasar los límites de la fugacidad placentera, para exigirme una observación de lo universal como la comarca que nos complementa y nos sirve de otredad referencial. De allí que Lautréamont, Rimbaud, Prévert, Huidobro y todos los poetas de la vanguardia fueron caminos en mi insaciable necesidad de aprehender el discurso del que estaba hecha la experiencia humana. La Iliada, el Cid y Don Quijote se confundieron, en una existencia inespacial y atemporal, dentro de una realidad en la que Hombres de maíz, Rayuela, Los pequeños seres o La ciudad y los perros se conformaron como una comunidad diversa pero única, integral, indestructible. Ramos Sucre, en otra suerte lectora, me sorprendía con su legado consciente y cuestionador de lo local. Brillaba en su estética universalista para instalarnos en los límites del lenguaje totalizador. Así, progresivamente, las poéticas, libros, los métodos, libros, las críticas, libros, la ficción. Libros, libros y más libros. Supe enterarme de cuan lejano estábamos entre nosotros, pero cuan cercano nos vivíamos en lo que deseábamos, amábamos, padecíamos y, más importante aún, cuanto nos servía cada libro que leíamos para definitivamente ser uno, desde la diversidad, en franca y sólida lucha por la felicidad total. Nos convencimos de que cada autor era un personaje activo, vigilante, cuestionador, constructor, develador y revelador, en la larga historia de la humanidad, y que cada libro era un episodio que necesitaba de todos los libros para completar el ciclo de la perennidad. La memoria en perpetua reconstrucción. Por otra parte, ya en Cien años de soledad, había descubierto que la clave era la relectura del pasado, el desciframiento de los misterios de su fugacidad, asumir la escritura sin prejuicios, para elaborar el libro definitivo de esa perennidad, códices que se desprenden de la acción manuscrita que es en síntesis la mejor forma de identificar al humano de carne y hueso. Darle los nombres a cada una de las realidades-verdades que han hecho de él un ser que busca en el universo su lugar y las sustancias con las que está hecho. Y eso, creo, sin temor a equivocarme, que sólo lo podría encontrar en la historia inaprensible del libro que forman la gran biblioteca impresa que reposa en cada uno de nosotros. Eso que decía Montaigne: Cada libro que escribo está hecho de la sustancia de mí mismo. Por lo que leer un libro, siempre será una forma sorprendente de leernos a nosotros mismos.. De allí que creo, sin temor a equivocarme, que el libro estará presente cada vez que intentemos respirar cualquier aire que exista, en cualquier época y en cualquier lugar. Porque es inmanente a la vida misma, a su diversidad, a su justificada e inevitable eternidad. El silencio será del olvido. Y este no tiene cabida después de que el verbo sonó y se hizo historia.



II

Esa pantalla de luz que es el saber. Leía en 1973, aproximadamente una compilación de trabajos en los que destacaban los escritos por Sartre, Simone de Bouvoir y Robbe Grillet. Ya el mayo francés con su definitiva fuerza protestataria había estremecido el mundo de la política, el arte y la educación para brindarle a la ciudadanía nuevas formas de lucha por la consecución de la libertad y la posibilidad de ejercerla en pos de su redefinición. El tema que desarrollaban estaba relacionado con el auge de la informática como vehículo de almacenamiento de la memoria humana, incluyendo los libros. Me estremecí ante una especie de intranquilidad que, desde las páginas de aquel libro que hoy lamentablemente no he podido reubicar, acuciaba a aquellos autores que desde diversas formas de escribir, hablaban de la vida como esa forma de existir consciente sobre los grandes problemas del ser humano, y quienes habían defendido, en las calles de París, frente a la bestial ola represiva que se desataba contra estudiantes, trabajadores, artistas y ciudadanos en general, la libertad de pensar, vivir y mejorar ante la realidad, y quienes repentinamente, sin mediar experiencias tecnológicas pasadas como la televisión y el cine, vislumbraban la desaparición del libro frente al uso de la computadora. Treinta y tres años después pienso que el filósofo existencialista de La núsea, la ensayista feminista de El segundo sexo y el autor de la Celosía representante de la nouveau roman (nueva novela), querían, con un recurso de exaltación de los nacientes procesadores de palabras y las primeras mini computadoras, el valor del libro como vínculo con la intensa e incontrolable cultura humana. Y es que en ese proceso se pasaba por tener que aceptar la injerencia de un artefacto nada fácil de manipular y obtener, que intervenía espacios, imponía nuevos códigos y negaba el papel como sustento de la creación, lo cual obligaba, al poeta, escritor, lector y ciudadano a desear el libro impreso como insustituible. Hoy, después de muchas décadas através de las cuales las computadoras aprendieron a respetar los sitiales del hombre, a ser más dóciles con la palabra y a compartir su labor con la blancura de una página en la que se refleja, tenemos una especie de negociado inteligente con ellas. Y si a ello le agregamos la internet, los nuevos programas para escribir correctamente y para mejorar lo ya hecho (fotografía, sonido, diseño), así como las grandes almacenadoras virtuales, con sus motores de búsqueda y la imprescindible posibilidad presencial comunicadora, en donde el acceso es compartido, retroalimentado y mantenido en una actualidad creciente, podemos aseverar que como la de la Televisión, la pantalla de nuestros PC: laptos, de mesa, inalámbricas y de bolsillo, serán compañeras insustituibles para acercarnos más al libro que cualquiera escriba en cualquier sitio del planeta. Queda por definir y deslindar asuntos como las estrategias que nos permitan un acceso ponderado- consciente a ellas y cómo lograr que progresivamente sean más independientes de los centros de sus creadores. Y es que como tecnología, sigue siendo objeto del mercado y de sus vaivenes políticos, monetarios, fiscales, jurídicos y éticos.
En casos puntuales como el libro didáctico, la era digital es una posibilidad, una vía, una herramienta para disminuir limitaciones como la masificación de lo que se debe enseñar – aprender; hacer práctica inmediata la confrontación entre pares, de los hallazgos, para que lo que se debe transferir pueda ser renovado, reformulado o perfeccionado; trascender obstáculos como la distancia, lo caduco, lo anacrónico; incrementar las redes de investigadores de cara al saber realmente compartido, en fin permitir, que las brechas, esas brechas que desde la digital que tanto cuesta sea cada vez menor para que la del conocimiento, esa brecha que tanto vale, pueda ser salvada del otro lado de la luz de un monitor. Ya la Silvania, General Electric y Philco nos habían preparado para comprender que más que tereques, chécheres o vehículos para la distracción, la TV. podía ser un medio para reducir los espacios que separan al hombre y no un enemigo contra el cual no tenemos opciones. Hoy, la diversidad contemporánea es parte de nuestra cotidianidad y nuestros hijos, han descubierto más de una experiencia a través de esa caja, ventana o adorno electrónico.
Queda sin embargo por decir, que a pesar de los miles de millones de seres que hoy transitan las autopistas de la informática para pode saludarse e intercambiar saberes para derrotar sin saberes, el libro, en su potencial creador, en su condición de contenidos inagotables, permanecerá, por mucho tiempo, quizás todo lo que queda de este siglo, como el reducto insustituible para reencontrarnos como parte de una especie que necesita del cuerpo, los sentidos, las emociones, los sentimientos, las pasiones y las razones de los que como él han sido parte de la cultura que ve, acepta, agradece, recupera, disfruta y celebra su existencia y permanencia, a la creación de los muchos libros en los que hoy está contenido. Incluyendo el digital.



III
Final de notas.
1. El libro didáctico digital es inevitable dentro de la actual era informatizada, llegando a convertirse en una herramienta que ofrece la oportunidad de sintetizar las rutas de acceso al manejo de la información y en este sentido, podrá ser utilizada, quizás desde ahora y por todo lo que queda de siglo, si de manera contingencial -como suelen darse los hitos históricos- una nueva condición en el manejo de lo tecnológico implique la sustitución definitiva del libro impreso. En este contexto la imprenta, la radio, la televisión y el cine serían experiencias referenciales para apoyar al hombre en su lucha cultural por la diversidad. El libro, mientras tanto, tal y como nos sirve hoy y desde siempre, les marcará el itinerario, decidirá su ruta, les indicará su destino.
2. La tecnología es producto de las aspiraciones del hombre que son infinitas, en el saber y el desear, y como tal, el libro digital responderá a una transitoriedad que será superada por otra, en una especie de espiral que nunca se agotará en sí misma y el hombre, sufrirá en sus necesidades y deseos de alejarse de dicha fugacidad, los efectos del vértigo de la ausencia.
3. La existencia del libro, dependería también de su capacidad para redefinir reiteradamente lo que será el destino del hombre y con ello el de la tecnología. Veamos algo: Cuando aparece el cine la radio inmediatamente fue condenada al ostracismo y, sin darle tiempo a la sociedad de valorar su parcial ausencia, se la estigmatizó de anticuada y por ende se preparó su entierro. Hoy la radio, conjuntamente con la televisión, gozan de una popularidad tan global que la internet incrementa sus espectadores a través del número de estaciones de radio y tv. que circulan por su red. Por otra parte, el libro cada vez que abre sus páginas crea una nueva puesta de escena, una nueva ficción, una renovada visión del mundo en que vivimos, por lo que cualquier interpretación que el cine o cualquier medio similar haya hecho de él, debe ser remozada, reelaborada, actualizada, para no quedarse estatizada ante los ojos escrutadores del usuario que no se cansa de leerse.
Nicholas Negroponte, experto mundial en multimedia y director del Laboratorio de Multimedia del Instituto Tecnológico Massachusetts, expone en su obra La paradoja de un libro tres grandes razones -las cuales cito textualmente- para que el libro, ese que se soporta en el papel, no desaparezca:
"La primera es que no hay suficiente medio digitales al alcance de ejecutivos, políticos, padres y todos los que más necesitan entender esta cultura tan radicalmente nueva. Incluso en donde los ordenadores son omnipresente, en el mejor de los casos la interfaz actual es rudimentaria y está muy lejos de ser algo con lo que uno desearía irse a la cama" (Es necesario recordar que el libro, en su primera edición en inglés, apareció en 1995).
"La segunda razón es mi columna mensual en la revista Wired. El éxito tan sorprendente e inmediato de Wired demuestra que existe un público numeroso que se quiere informar acerca de gente y estilos de vida digitales, no sólo de teorías y equipos..." (La revista Wired fue fundada por Negroponte, en la que escribe una entretenida y sugestiva página mensual)
"La tercera es una razón más personal y ligeramente ascética. Los multimedia interactivos dejan muy poco margen a la imaginación. Como una película de Hollywood, los multimedia narrativos incluyen representaciones tan específicas que la mente cada vez dispone de menos ocasiones para pensar. En cambio la palabra escrita suelta destellos de imágenes y evoca metáforas que adquieren significado a partir de la imaginación y de las propias experiencias del lector"

* Ponencia leída en el foro El libro en la era digital, que se realizó el día 10 de noviembre de 2009, en la Universidad Belloso Chacín, de la ciudad de Maracaibo, Venezuela.
Acomodo
Minucioso itinerario del el amor

Leer un poema de Iliana Morales es recorrer, quizás de la forma más libre y placentera, esa realidad diversa de nuestra ciudad. Puede uno, a medida que cada palabra le va entregando sus metáforas, disfrutar las formas de color de cada calle, sorprenderse con las dimensiones sonoras de sus incansables espacios, descubrir el mundo en sus vapores humanos o simplemente detenerse a escuchar la musicalidad expansiva de cada uno de sus extraordinarios e insólitos amaneceres que, de manera migratoria, pueden ser auroras, atardeceres o noches para amar la tristeza del firmamento.
Es progresivamente y a medida que transitamos la experiencia de lector consagrado y poseído por las fuerzas y el poder de cada verso, un experiencia que se inflama y reconstruye desde los sentidos, que involucra cada pérdida de conciencia, que ahonda en los resquicios de las pasiones y se apacigua ante la explosión de la memoria por exigencia incontestable de cada acto evocativo. Leer los poemas que esta poeta de materia lingüística ha puesto a nuestra disposición, rejuvenece nuestro largo itinerario por el laberinto formal que es nuestra Maracaibo en dos casi medios siglo y nos empuja a la aprehensiva tarea de redescubrir su historia, su cotidianidad, la impronta de su oralidad, las profundidades de sus ligerezas o lo convulsivo en las emociones de sus habitantes.
En María en medio sol de la Nueva Venecia fue la memoria con la niñez indicando cada dirección de calle, mostrando uno a uno los resquicios de rutina, enseñando los colores brillantes que definen los rostros de cada familiar, amigo o vecino a la vuelta de muchas historias, de compulsivas nostalgias, de incontrolables añoranzas. Y el libro se identifica, metáfora a dialecto, con el ritmo oral del corazón que es cada maracucho.
Acomodo viene, con la carga de su diálogo irreprimible y con la paciencia de quien ha aprendido a transformar cada experiencia, toda vivencia, en un promontorio desde donde se puede amar sin dejar que el sol acabe con nuestras alegrías. Puede que el tránsito entre el sueño, la tristeza, el rubor, el roce con las texturas ceremoniales de Maracaibo infinito y el desenfreno, los murmullos dislocados, un claro oscuro que se desprende a veces sobre el pavimento en plena lluvia, los sudores quebrados en el altar de los vapores aromáticos que es misticismo de amar – odiar en la rutina de los astros, pueden todas las nostalgias del recinto que es cada contemplación lacustre apaciguada, reitero, que hagan del delirio de vivir de Iliana, en constantes intercambios de dimes y diretes, de silencios y pavorosas expresiones que el querer un día convirtió en días de semana, árboles sobre el asfalto, edificios en el lago, el impulso para alegrar lo que queda de aquella ciudad que se nos olvida.
Acomodo es una respuesta en versos de voz que nadie podrá detener en su fragorosa intensión de atropellar nuestro abandono. Es una mágica adicción a la tristeza de ver esta ciudad ejecutada por el olvido. Al mismo tiempo, es una obstinada fuerza de felicidad, al encontrar que repentinamente, de policromías y polifonías está hecho el aire tropical que recrudece en vértigos cada calle, cada día, el ser lacustre que siempre solemos ser.

Acomodo es el primer libro de la Colección Cal y agua; editado bajo la responsabilidad de Ebrahim Faría, Iliana Morales y Ángel Madriz e impreso en los talleres de EDILUZ en octubre de 2007. El diseño de la carátula y las ilustraciones son del pintor Luis Cuevas.

lunes, 10 de agosto de 2009

Tríptico Rotativo
De realidad, cuento

y paradojas

Ángel Madriz




1

Arte y parte de toda la historia. Leía yo en 1967 El señor Presidente, la extraordinaria novela de Miguel Ángel Asturias, cuando de repente y sin saber cómo, me encontraba también leyendo el Manifiesto comunista, Cuba para principiantes y Los manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Leía también, lo recuerdo como un enlace amoroso con esa época, a Jacques Prévert, Neruda, Lautréamont y los poetas de la vanguardia –surrealista, dadaístas, los de Apocalipsis y el grupo Casega. De vez en cuando me sentaba en el fondo de mi casa de la Pomona, bajo la mata de almendrón, entre gusanos peludos y el tabaco la señora María Eloísa, a escuchar “RADIO Habana, Cuba, territorio libre de América”. Sin darme cuenta también repentinamente un día, después de haber recorrido los diversos postes de mi calle del barrio, aprovechando cada tarde o noche, entre libros diversos, la luz que me permitía un diálogo con mis ganas de “ser alguien en la vida”, me estaba graduando de bachiller y Dios gracias, sin complicación alguna, sin nada de raro, con la marca de joven del barrio, ingresaba en la Universidad. Atrás, recientemente, el Mayo Francés y sus secuelas nacionales como la Reforma universitaria, me enseñaron que la diversidad podía expresarse sin paranoias, odios, ni resentimientos. Que el país, apenas comenzaba su definición sustentable en una realidad democrática consolidada, y que las protestas, las izquierdas, la droga y el amor, formaban parte de un estándar que nos identificaba como latinoamericanos dispuestos a no sucumbir ante el anonimato o la intención del poderoso imperio. Más allá, sin embargo, ultramar, el mágico enclave de la acción revolucionaria, se alzaba como la mueca insurgente del futuro. Aprendimos a ser profesionales y en el trayecto de la vida republicana, nuestra universidad se fortaleció, asumió su conciencia pluralista, su condición renovadora, su ética reivindicadora y su esencia protestataria, dialéctica, en fin, de su ser y hacer país. Muchos fuimos los que tuvimos la oportunidad de aprender de su diversidad y tolerancia, sin obviar ni temerle a la confrontación, la disidencia y menos aún a la acción de calle contra quien pudiera ser verde, blanco o amarillo, mientras la expresión de una idea con la cual no debíamos identificarnos adquiría su definidos contornos extraterritoriales, bien con los subcontinentales aires boreales o las profundidades pelágicas de los antiguos zares. Íbamos y veníamos entre gases buenos, nobles o entre brotes de cartuchos sonados al frente o simplemente alborotándonos el ser. Y mientras escupíamos, vomitábamos o ignorábamos las excrecencias de algún compañero que levantábamos del pavimento, pensábamos, en el mejor de los casos, camino a los patios del alma mater, a qué hora renovaríamos las acciones, de cuál día, mientras éramos arengados por los líderes “consecuentes” de entonces. Sin embargo, la alternancia se hizo razón de ser y la universidad, recinto para convivir en un dinámico estado de disidencia, ejercicio de contradicciones y expresión heterogénea, que siempre la identificaron como antigobiernista, el espacio de la libertad. Con este haber y con el derecho a ejercer la defensa de lo que históricamente conquistara como parte de nuestros bártulos, amparada en su condición de representante gremial, APUZ, cumpliendo con el mandato – síntesis de nuestras deliberaciones, en un día crucial de liderazgo colectivo y encabezada por su presidente-, decretó, era noviembre de1986, un paro que mantuvo a nuestra LUZ brillando de encono, miedo, valor, decepción, rabia, impotencia, resignación y resentimiento. Cuatro meses después, catalizados en nuestro orgullo, decidimos retomar nuestros pasos y demostrar en un arranque de furor académico, que los gobiernos pasan y las universidades siguen delineando las vías de la razón, la creación y la dignidad. Meses más, nuestro presidente era el receptáculo de la deshonra, la vergüenza y la indignidad. Un “Tú a mí no me jodes”, estalló en el rostro de todos los venezolanos quienes, sin apenas haber podido asimilarlo, descubrieron la ruindad de un paquete de discursos con el que se trató de desprestigiar a la comunidad universitaria. Sentimos que el triunfo, aunque los logros estuvieran más acá de los costos que la acción gremial trajo consigo, dejó claro que toda lucha cuyo estandarte sea el interés colectivo, es tan poderosa que trasciende a sus coyunturales portadores. Veinte años después la homologación, ese instrumento de compensación salarial que se nos impuso desde el despótico concilio ministerial de Luis Herrera Campin, ha revelado cuán arrogante fue esta administración. Desde su origen, fue motivo para muchos conflictos y desacuerdos. Las causas eran justificadas por nuestra representación gremial a la luz de todo el ordenamiento jurídico venezolano. El propio Luis Herrera, así como Jaime Lusinchi y esa huelga del 86-87 , Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera –ambos en su segundo mandato- experimentaron los “justos reclamos” que en materia laboral haríamos durante la “Cuarta República” y siempre, los más connotados líderes universitarios de entonces (no mencionaré a quienes todos recordamos en sus apasionadas y aleccionadoras intervenciones como asambleístas), avalaban y exigían la protesta, la manifestación y la acción de calle como expresión de lucha legítima, democrática y expedita. Una república después –no hay quinto malos, rezaba el imaginario venezolano, hoy ya no sabemos-, los mismos de ayer abdican ante las fuerzas estándares del poder. Protestar, para ellos hoy como para aquellos ayer, es subversión, desestabilización, traicionar la patria, acción antirrevolucionaria y pequeñoburguesa. En fin, no sabemos ya las fronteras entre la guarimba y la manifestación, la disensión y el comportamiento oligarca, la defensa del pluralismo y el pitiyanquismo. Para nada queda hoy claro ante los vientos del socialismo del siglo XXI, los principios filosóficos que permiten arremeter contra las organizaciones sindicales, el reclamo de los derechos obtenidos históricamente, el señalamiento de una desigualdad entre la oficialidad y el ciudadano común. De allí que nos confunda un “gas del bueno” obstruyendo la respiración de los venezolanos de hoy, cuando ayer, en las mismas calles y edificios, con las mismas armas, bombas y ballenas actuales, “la clase estudiantil y obrera” escupían sobre el polvo un amargo y acre sabor a represión. Eran tiempos cuartorrepublicanos que se repiten sin vergüenza, escrúpulo, ni remordimiento. Y es que la revolución hoy está encaramada en el andamiaje de la reacción de ayer. Ministros, diputados, alcaldes, gobernadores, magistrados y comisionados gubernamentales todos, adoptan la actitud omnisapiente de quien se cree el referente último de la verdad, aunque ella esté anclada en una semiótica adúltera, devaluada, pusilánime y despótica. El carnet adecocopeyano que todo lo abría es hoy el rojo rojito de una gorra y franela oprobiosas que encubren la verdadera esencia contrarrevolucionaria: el engaño, el oportunismo y la adulación. Ya lo dijo Lenin después de haber asesinado al zar y su familia. ¡Ah!, y ninguna revolución la hace esa clase que luego es manipulada, tomada como justificación y lanzada siempre a la cola de las grandes riquezas.

2

Érase una vez la acción o lo que queda en la memoria. Dentro de los habilidosos personajes que en la historia tienen su sitial como negociadores excepcionales, radicales e intemperantes o pacientes y oportunistas, podemos contar al Gato con botas y su miserable dueño el Marqués de Carabás, Caín llorando las primeras manifestaciones hipócritas sobre el cadáver de su difunto hermano Abel y Augusto Pinochet, regurgitando, dieciocho días después de haberlo hecho público ante Dios y la Patria, su juramento de apoyo a la democracia que había registrado históricamente a esa expresión ciudadano-chilena que se llamó Unidad Popular, al tiempo que calmaba sus quebrantos con la muerte de Salvador Allende. Episodios tales que nunca podrán permitir que un impulso de esta postmodernidad tan global e inusitada, como consecuencia natural de su propio devenir –no el de ellos-, pueda conducirlos o lanzarlos o llevarlos hasta el estado definitivo de la desmemoria, porque en cada cotidianidad nuestra se reproducen ellos, de alguna manera equidistante - temporal, y como consecuencia histórica inevitable, encontramos, como renovados en el marco de la global aldea siglo XXI actuando a sus análogos, equivalentes, homólogos o mejor aún, su émulos, contrapartes y en fin, como diría mi abuela Laudelina, sus dobles en carne y hueso. Y vaya que resultan estos amigos, líderes o cuentadantes de las decisiones en nuestras prácticas de delegación de responsabilidades, seres reiterativos de una sola cronología, reinventados en la fórmula del reacomodo, la oportunidad y el arribo. Ya la Ley de asignaciones especiales le recuerda al maracucho que en pleno ejercicio regional la etapa del “siento un nudo en la garganta” que produce los linderos más allá del puente, con ruta a Miraflores incluida, deja sin substancia las arengar regionalistas de un Arias Cárdenas gobernador, que desde los cuarteles derrumbados marchó con su palabra por delante para reivindicar la condición privilegiada del Estado Zulia en prácticas productivas, petrolera, agropecuaria, cultural, social y todos los etcéteras. Entre marchas, discursos, requiebros y “traiciones” defendió esa cuota parte a la que tiene derecho por ser soporte esencial de la pervivencia nacional. Ya una larga historia de periodismo nos había entrenado insistentemente a diario, con símbolos levantados sobre la cotidianidad doméstica, familiar y personal, la existencia de una realidad regional que debía ser defendida, reconocida y levantada como torre de defensa de los cuantiosos aportes brindados al “país nacional”. Asimismo, entre biombos y platillos jurídicos, políticos, geográficos, económicos, culturales, geopolíticos, académicos, comerciales, demográficos, electorales se impulsó la descentralización y no pudo haber líder pequeño, mediano, grande, local, regional, nacional, en la cola, reconocido o “enchufado” en cualquiera de las conexiones privadas, personales u oficiales, que no asistiera a las celebraciones, foros, debates, opiniones en donde el protagonista era Maracaibo, la región de occidente que comenzaba a redefinir su destino. Más de uno se deshizo en exaltaciones a la COPRE, se desgarró las vestiduras en actos públicos para darle la bienvenida a “una nueva etapa en el desarrollo histórico de nuestra nación”. Fue la época de los liderazgos regionales. Ésos que impulsaron proyectos, acciones y decisiones identificados con lo esencial de cada ubicación en la correspondencia geográfica estatal. Después de algo que podríamos considerar casi la década del “nuevo siglo”, sobre los límites de cada región se levantan los osarios políticos en donde reposan los restos de una época que comenzaba a delinear la pertinencia jurídica como marco de cualquier decisión en donde estuviera comprometida la organización política de Venezuela. No hubo necesidad de exhumar cuerpos, porque los enterradores, como expertos en eso de disecar vísceras con la substancia del despotismo que enseñan las amazonas del poder, olvidaron sus requiebros cuando juraban la defensa de las patrias pequeñas. Ya es historia nueva, hoy, en los discursos de los vehementes descentralizadores de ayer, la necesidad de una nueva geometría del poder, en la recentralización. Vuelve a latir la posible verticalidad en la jerarquía del poder. El Estado soy yo.




3

La verdad nunca es la mentira siempre. O cómo es opaco lo que brilla. Zenón de Eleas nos demostró que Aquiles, “el de los pies ligeros”, en una carrera planificada contra cualquier simpática, torpe y misteriosa tortuga, jamás podría triunfar. Me temo que en el ejercicio de vivir más de una vez ha tenido uno que aceptar la transitoria e inaprensible forma de la realidad. Sea esta la que cabalga nuestros lomos, la que encalla en nuestros sentidos o la que se confunde con nuestro sabio interior que es el morir. En todo caso, cualquiera de ellas nos hace testigo honorario de la experiencia existencial que tiende a trocarnos la rutina, desubicarnos los sesos, desvencijarnos la lógica. Mundo bizarro –decíamos, sin importarnos cuán insólito podría parecernos- que definitivamente se ha convertido en la impronta actual de nuestro mundo social que todo lo ha intervenido. Y así entonces terminamos exigiéndoles a los gringos, en el corazón del imperio que es la OEA, que termine de levantar el embargo a Cuba, pero que por vida de Dios nos invadan Honduras, para así garantizarle el poder a su legítimo presidente. Y desde Costa Rica, Venezuela, Nicaragua o México, Manuel Celaya, ondeando al aire su sombrero de ganadero convicto y confeso que lastra un recuento para todos conocidos, se hace el tonto para merecer la ahora necesaria perpetuidad de gobernar. Zuloaga ríe irónicamente mascullando graznidos a veces ininteligibles –como el acólito burgués del cuartopaís que siempre significó y de su burlesca mueca de llanto rabioso que resulta diariamente, es investido de un precioso don de sacrificio por sus compatriotas, amén, en peligro de extinguirse. Y sus victimarios, humildes ciudadanos defensores de la patria ha unos años, dejan ver sus nuevas pieles, esas que una vez, en los mil novecientos setenta revolucionarios subversivos años, jamás aparecieron para explicarnos que nada tenían que ver con la guerrilla guerrilleros socialistas perrevistas pecevistas miristas diezmados por las tropas a las que ellos, cincuentones sesentones setentones hombres de cuarteles militares de carrera, daban la cara en el oficio. Marxistas bolivarianos hoy, oficiales de las FAC ayer y siempre. Y el Pacto de Punto Fijo, instrumento para justificar el reparto del país, cae fulminado ante el podio de la magnificencia y el personalismo, mientras el propósito de la participación e inclusión son importunadas por la retórica chauvinista que culmina levantando muertos, refrescando moribundos, sanando incurables blanquiverdesamarillos. Puede Ledezma entonces, Pérez Vivas ¿cómo?, Capriles Radonski sin embargo, lavar el esparadrapo de la historia de sus años, con el detergente infecto de la riqueza quintorrepublicana, esa que mancha con el color rojo de una industria, inauditable ella para entonces, que un día fuera un estado dentro de un estado y que hoy es la batidora de la sujeción, la alcancía PSUVISTA que vigila el proyecto de igualdad revolucionaria. Igualdad a fuerza de ser obedientes, parcos, frugales, laboriosos y dispuestos a aceptar, como siempre, las migajas del poder. Entendamos que la cabellera seguirá siendo castaña a pesar de las vanidades químicas y las veleidades añosas. Siempre será, y eso terminamos entendiéndolo quienes nunca hemos posado para la posteridad, envueltos en los mantos de la legitimidad política o porque nos autorice el desfiladero coyuntural del poder. ¿O no siguen siendo los ricos más ricos y los pobres más pobres?, a pesar pensiones generalizadas, controles de precios, controles cambiarios, nacionalizaciones e intenciones antiimperialistas sobre el Mar Caribe convertido en ruta cotidiana. Y si no, que le pregunten a todo aquel clase media profesional trabajadora y productiva, lo que siente cuando ve interrumpida su aspiración legítima de conocer cualquier aspecto de esa historia universal y no puede porque Cadivi le devolvió la carpeta manila en donde consignó la documentación Kafkiana porque la misma era para zurdos y el no era diestro. Mientras los vuelos a Miami se cotizan en divisas multicolores que salen de la patria con el rigor del despotismo o con la aprobación de cuentas tradicionalmente supermillonarias. Es igual la cosa. La clase obrera internacional, los “proletarios del mundo” llevan ahora la aspiración de un cupo en internet o de viajero internacional, mientras la carrera hacia el poder reiterado les impone una magra posibilidad de subsistencia en laas tribunas de su máximo líder –ese que abarca la iconografía institucionalizada donde existía el imaginario personal. Creo, al final, que Aquiles termina ganado cuando decide descansar de su velocidad y da paso a la humildad, reconoce la entereza de su adversario.






Para buscar mis memorias
El amor como la muerte

"La muerte no nos roba los seres amados.
Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza
en el recuerdo. La vida sí que nos los
roba muchas veces y definitivamente."
François Mauriac



El amor y la muerte son los temas originales de la poesía cuando ésta se identifica con el ser de quien la hace posible. Quizás más allá del acto infinito poético – como nos lo dijo Heidegger-, en su condición estético escritural, es decir, en su forma inconfundible de expresión comunicadora articulada, vale la pena decir en su definitiva presentación significadora que es el poema, puede que la poesía sea la revelación inconfundible del espíritu humano. Su representación concreta. La definición de los múltiples misterios que lo conmueven y aceleran en la ruta de su existencia. Así entonces la música, la pintura y otras formas de elaborar el discurso del hombre en su compleja relación con el universo le dan paso a la poesía, porque logra ella descifrar los arcanos inconfundibles de su origen y, en un mágico don de creación, le muestran el espacio último para lograr su redención. Ya el oficio de poeta entonces se confunde con la labor sencilla que es el acto de vivir, amar y morir. Un canto al alma de la transitoriedad, Un lamento al apego de la eternidad.
El amor, como nos lo dice Eric From, es a la vez un estado de placer y una posibilidad de sufrimiento. Gozo y dolor. Vida y muerte. Amamos y somos felices en los brazos del ser amado, en los profundos y cálidos labios de un alguien codiciado, sobre el cuerpo desnudo de la posesión ansiada. Vida acelerada. A la vuelta de la razón, el dolor de la ruptura. La desolación en la partida que es ausencia. La desesperación ante el adiós por la pérdida. Muerte que no permite resurrección. Todo acto de amar, entonces, es una condición dual que no se reconcilian. Amamos con dolor para morir sin llanto y dejar que sea eterna la felicidad de vivir.
Poemas para buscar mis memorias, de Esmirna Párraga, es para quien lo lee un libro a través del cual se desliza una franca conversación con la intimidad de la ruptura amorosa. Mujer que no oculta, mediante la confesión que la palabra poética le permite, lo que es, para quien ha amado y vivido amando, la separación, la ausencia y el olvido. Tras un recorrido de versos en donde el recuerdo es un instrumento para inventariar vivencias, legitimar la necesidad de inventar una nueva forma vivir en donde la tristeza pueda ser envuelta en el pasado, consumir el vacío de ser una sin la historia de siempre, separar resentimientos y dejar nítidas las esencias naturales que se requieren para no morir súbitamente. Porque aunque cada poema es un diálogo con el amor de morir, surge, entre cada poema un espacio en donde la palabra se convierte repentinamente en inicio de la historia que es, a su vez, un nuevo cuerpo para la búsqueda de nuevas historias, porque morir en el amor, es nacer para volver amar..
El libro es palabra que equilibra la desesperación de la nada y al mismo tiempo es color, línea: cuerpos sumergidos en una danza enloquecedora de la cual salen purificados. Renacimiento que apacigua el inventario de la soledad. El cuerpo entonces, es persistencia de la nada y la memoria lo convierte en justificación para iniciar la muerte en el amor. De allí que exista a lo largo del libro una especie de resentimiento, que condena la historia corporal por ser ésta incapaz de mantenerse vigente en la pasión de amar y convierta todas las vivencias en pasado, oscuridad, olvido.
Para buscar mis memorias es el cuarto libro de la Colección Cal y Agua, publicado por EDILUZ, con ilustraciones de la autora.

domingo, 12 de julio de 2009

Tríptico rotativo
Desde los
pliegues del poder

Ángel Madriz






1


La tercera vuelta. Los derechos son herramientas para protegerse de cualquier agresión, son instrumentos para revelar nuestra ubicación en el mundo social, son privilegios del poder personal que da la ley a cualquier ciudadano, habilitándolo así para ejercer su defensa, impedir su minusvalía y combatir su indefensión. Algo así como el discurso magistral con la que todo colectivo debe reconocer a sus individualidades. De allí que ante cualquier intento por ignorar lo que somos y a lo que nos debemos, es derecho legítimo cualquier acción para imponer nuestra presencia. Apelar es entonces un acto inherente al derecho civil que como ciudadanos tenemos ante cualquier suceso en el que seamos actantes y sospechamos, con suficiente evidencia, que se ha violentado cualquiera de esos derechos a los que nos aferramos cotidianamente. Pero si apelamos cuando el derecho es esgrimido como un mero recurso de contenido semántico, sin esencia social, un solo tecnicismo jurídico que desconoce la ética del comportamiento institucional, entonces el apelar ronda los muros de la queja arrolladora, los espacios del ventajismo, los recintos cuya fuerza es la gavilla y la pandilla que, en nuestra historia documental y política, recibieron el mote de tribus, malayas tribus con las que contó el despotismo de ayer. Y hoy en nuestra universidad hace acto de presencia, a pesar de cuartorrepublicanos, quintos o vayamos a saber si es la inevitable forma del ejercicio del poder a la que nada tenemos que agregar y de la que nada tenemos que quitar, por ser la presencia del estado con todos sus atributos – apéndices de una herencia de la cual no se ha podido deslastrar. Que la profesora Marlene Primera pusiera en evidencia, cuestionara o simplemente desconociera, a través de una apelación –“Recurso Contencioso Electoral con medida cautelar”- un proceso signado por las presiones estudiantiles, nada tiene de extraordinario y menos aun cuando las impugnaciones han formado expedientes interminables –de reciente data- en estos procesos, universitarios y nacionales. Participar, sin embargo, en silencio y ovedientementecomoovejita, con reglas de juego sorteadas y concluidas a tiempo, e interpuestas de manera general para el músculo entrenado de los candidatos a punto de competición, es cosa sabida de que quienes lo hacen aceptan las condiciones del triunfo o la derrota, la ventaja del contra equipo, la desproporción publicitaria y la derrota inevitable a la que podamos llegar después del pugilato electoral. Salir en prensa radio tv internet y cualquier vía en donde se pueda pelar el diente triunfal que nos dará el poder, para luego tener que volver sobre la conducta histriónica de quien necesita nuevamente repartir invitaciones para continuar, ahora en un segundo envión –o “vuelta” como es del argot electoral- ya el definitivo, con el programa pautado para la consecución del ¿escaño? del cual se tiene la certeza de ostentación irreversible, requiere de una fortaleza que sólo dentro de la familiaridad con el contexto puede cultivarse. Más aún si sorpresivamente, la “formula” aprendida sobrepasa la didáctica para la cual se invirtieron los esfuerzos, se gastaron los recursos, se despilfarraron las labores. Se requiere entonces, olvidando toda pedagógica orientación “propagandeada”, de los aportes y bienhechurías a mano de la tutela despótica en la que cualquiera, en estas circunstancias de derrota suele esgrimir. Amnesia entonces viene al caso y toda modalidad de éticas, morales y principios de vital filosofía, se reducen a una imposición, desde los litigios inapelables, de tecnicismos guardados bajo la manga, la toga o simplemente bajo el chal de la memoria esotérica, esa que nos impulsa a hacernos los vejados-humillados-violados-víctimas de las “mentiras” con las que se montó “el desordenado proceso” en el cual participamos inocentemente. Se impone entonces como indemnización que permite la norma sabiamente impregnada por la trascendencia, una tercera vuelta, ahora para concluir ponderadamente en el altar donde se fragua la victoria. Nunca había sentido el impulso de verificar la historia de LUZ a los ojos de los triunfadores. Llegaron nuevos tiempos. Los marcos de las escenas existentes están por redefinirse. Estaremos nosotros siempre en las ascuas de la mayoría, ¿comunidad? Siempre sí.





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Las congojas del exilio. Cuando Rodrigo Días de Vivar, conocido desde siempre y para siempre dentro de los pasillos del otrora Liceo Coquivacoa con el epíteto de Cid Campeador, es expulsado de la España en guerra contra los árabes por el rey Alfonso, se pone en videncia que el poder siempre necesita dar demostraciones de su trascendencia. Más urgente aun resulta para el poderoso demostrar que está por encima de los mortales que lo siguen, cuando éstos –como el héroe medieval- resuelven su subordinación con actos que defienden impecablemente los designios de su superior y expanden más allá de lo previstos sus alcances como jefe supremo. Comienza el liderazgo a resolverse como se resuelven las cosas en la guerra: a través del despotismo, la autosuficiencia y más terriblemente, con el miedo a la derrota, la traición y la consecuente sucesión. De allí que el Cid, para aclarar quién era en definitiva el jefe auténtico y legítimo, dedica todos sus actos –generalmente marcado por el triunfo sobre los moros- a su noble rey de Castilla. No vacila por lo tanto el empeñoso monarca en reconocer su error para terminar con el laxo furor y culminar recibiendo a su más productivo soldado. Mientras esto duraba, lágrimas y pasiones iban y venían entre moros y cristianos, lo que conduce, al final, a un reencuentro de dignidades, hidalguías y reales debilidades. Ganó España. No así en el tosco panorama de nuestra temperamental escena política. Desde la atalaya llevada hasta el septentrión occidental de la Venecia Suramericana –según algunas malas lenguas que se la pasan descifrando el origen de nuestro nombre- , se construye una antípodas verbal que de puro ser elemental, anímica, visceral y maledicente, se convierte en una vulgar confrontación en la que el honor, la hidalguía y la clase, son sustituidas por voraces regurgitaciones de doble articulación que acuñan, para enriquecer la vasta lexicografía que derrochan los consortes del poder y su liderazgo más vernáculo, la originalidad de un estilo que se agota en la bizarra propuesta de un noble gobernante que castiga con su verbo al súbdito malhablado, “desgraciado”, desobediente, “desgraciadodesgraciadodesgraciado” y descarriado, bandido de siete suelas. Las intemperantes respuestas no se hacen esperar y salimos al encuentro con las verdades de nuestro sol histórico. Maracaibo “la cuna de la disidencia” levanta su héroe, y a pesar de que sería más justo proponer un dejar el camino para los descendientes de dieciséis años de administración ininterrumpida, acoge con los jugos del hartazgo movido desde Miraflores y decide renovar sus vestiduras para la competición. Así sucede que la reyerta se resuelve con el triunfo del mafioso y bandido súbdito quien intempestivo, nuevamente se alza con los escudos de las ganas que el poder por el poder otorga, para despertar las iras de una soberbia ensoberbecidas por la frustración y la derrota. Pero el imponente blasón de nuestro inefable Señor de epopeyas memorables, no claudica ante el reto que tan infortunado desgraciado paramilitar vasallo le lanza, mesándole las barbas y con la nobleza que sale de su espíritu épico federal socialista levanta la espada templada de su razón y lo sentencia al exilio. Dicen los cantores populares, acostumbrados a estas refriegas cuyo protagonista es el poder, que el noble bandido caballero vendepatria, decidió salir a nuevas tierras, mientras su mulier, herida de muerte en el lado del orgullo familiar, decide quedarse, según palabras de la plebe enardecida, “por no tener nada que ocultar, temer y porque ella todo lo ha adquirido con el noble sacrificio del trabajo”. Ya la ciudad, en ruinas, íngrima, había visto partir a su querido y amado gobernante, llevando el rabo entre las piernas y las peras de un horno que jamás podrá ser trasplantado. Sabrá usted. Es que el poder es bueno en cualquier tierra.





3



Ganar aquí, allá y en todas parte. No hay episodio, dentro de la historia, más claro para ilustrar los vericuetos del poder que el protagonizado en el 42 a.C. por Marco Junio Brutus, cuando cegado por la lujuria que se desbocaba en su lóbrega cabeza, decidió asesinar al soberbio Julio César, dándole satisfacción así a su reprimido cuerpo que se debatía entre el martirio de vivir a expensas de su rey o liberar su cuerpo sobre el altar del monárquico dispendio. Así había sido siempre en su vida. Y es que siempre, desde que los faraones nos mostraron la vitalicia forma de gobernar una nación, nos hemos pasado la modernidad, la contemporaneidad y toda la empalagosa postmodernidad, definiendo los enseres con los pueda uno, en definitiva y con la gratificación de la conciencia tranquila, “administrar” – controlar – conducir los destino de la “nación”. No ha existido ser sobre el planeta que, cercano de las “mieles del poder”, no haya sido afectado por ese noble placer que repentinamente lo convierte en vagabundo manipulador de los desposeídos. ¿O es que Julio César, Tutankamón, Moctezuma, Bolívar o simplemente los lógico mesías latinoamericanos, no han desgranado sus inteligencias con el propósito de sintetizar la fórmulas que los pueda justificar expeditos para gobernar? Bueno, de más está decir que desde los emperadores chinos, pasando por los monarcas de los cuentos de hadas, deteniéndose en los límites de las selvas amazónicas hasta llegar a los urbanitas armados y enflusados de nuestras historias patrias y constitucionales, siempre la opción del poder ronda cual refinada prostituta, ofreciéndonos sus carne para el deleite de nuestros delirantes aspiraciones, el espacio en donde somos siempre un inesperado ser con cuerpo, alma y siempre cerebro de pasiones incontrolables. No sorprenden por lo tanto la existencia de singulares y nobles funcionarios que día a día se consumen en los contornos de los espacios gubernamentales, alertas ante la posibilidad de cambiar la rutina de veinticinco años en servicios oficiosos de horarios establecidos, o simplemente desconocer la confianza hipotecada, sentimientos para afuera, por la transitoria grandeza de ejercer la batuta de muchos años conduciendo el renovado empeño por salvar la vida nacional. La realidad en su devenir nos ha enseñado que más tarda en doler una ruptura que el deslave de la lealtad frente a las lisonjas insinuantes que te exaltan en el marco del poder como sustituto imprescindible. Y si no, recordemos los hijos advenedizos que desde la clandestinidad han salido al ruedo para ejercer un liderazgo otorgado en finas porcelanas, después de haber lavado la vergüenza de un desliz bajo el manto de las cumbres cortesanas o lánguidamente sobre las sábanas de la plebe ejecutiva, convirtiéndose en insustituibles representantes de largos años de gobiernos. O para estar más a tono. Sumidos en la elegancia de un traje con barras de tres, cuatro o cinco soles, nuestros militares, digo, o para seguir a tono, acartonados en cuellos resplandecientes de blancos inmaculados, relojes, gemelos y espectaculares lazos de cuellos, nuestros inmunizados representantes parlamentarios, esos que como aquellos han jurado dar la vida por lo instituido, repentinamente detonan sus síntomas y deciden evacuarse en sicopatías que dejan al descubierto sus evidentes oligofrenias y en definitivas asumir el papel visible del déspota, arrogante y turbio gobernante. Le dice entonces, con voz a cuello alzado, como recitando en medio de la lascivia del poder, a quien antes era adulado como jefe: un caballo por tu trono. Y recomienza la historia nuevamente a buscar un nuevo candidato.


Las reinas del carnaval visten de rosado
Historias de nosotros

Resulta realmente extraordinario que siempre haya, a la vuelta de la esquina, como esperándonos para sorprendernos e invitarnos a revelar, como por arte magia en un acto de absoluta impostura, una historia que nos desenmascara, nos impone un nuevo ritmo de observancia, nos informa sobre algunos laberintos emocionales que desconocíamos y nos aclara cuan compleja o simple es la vida que siempre estamos dispuestos a recordar, registrar u olvidar. A fin de cuentas, esa historia lanza sobre nuestro rostro una dosis incierta de frescura, en donde va contenida cualquier disposición nuestra por catalogar la realidad. Temerosos ante lo que pueda significar esta disyunción –el amor y la nostalgias no pueden ser asumidas al mismo tiempo sin correr el riesgo de quedar aturdidos por el devenir histórico de toda la tristeza humana- decidimos saltarnos el recodo y reencontrarnos con la razón de un intérprete que siempre resulta ser un insomne, orate, ángel – demonio, o simplemente un escritor en amplia complicidad con la incertidumbre de siempre. El resultado dejará siempre un camino abierto a la seguridad que significa el disfrute de una estela de relato bien plantado.
El libro, de José Luis Angarita Ávila, Las reinas del carnaval visten de rosado, significa esa experiencia que nos reconcilia con la posibilidad de experimentar, a través del relato, las múltiples sensaciones del reencuentro con los primeros amores, los múltiples rostros, las misteriosas vergüenzas, los inolvidables hallazgos, en fin, los indelebles episodios de lo que vivimos, deseamos vivir, dejamos atrás.
Las reinas del carnaval visten de rosado es el libro número dos de la Colección Cal y agua; editado bajo la responsabilidad de Ebrahim Faría, Iliana Morales y Ángel Madriz e impreso en los talleres de EDILUZ en octubre de 2007. El diseño de la carátula es de Melisa Cedeño y la diagramación fue hecha por Lisbeth Zárraga.
Este libro consta de diecisiete hermosos relatos, los cuales, como dije, sirven para recrear la memoria, ejercitarla y convertirla en expediente fundamental para convertir el pasado en protagonista de nuestro presente. Al mismo tiempo, en este acto de total identificación con personajes, espacios y momentos, cada uno de nosotros, como lectores al asecho de lo por venir, siente que es actante de cada secuencia en donde héroe, sujeto, colectividad o simplemente quien ama, es recordado, decide no morir para seguir haciendo lo que siempre lo apasionó, cae fulminado por un disparo inusitado o al final, después de darse cuenta de que solamente es un personaje más dentro de una historia diaria, descubre que no hay distancia entre la fantasía y la subjetividad real.
En estos relatos, breves pero intensamente llenos de emociones, sentimientos, pasiones y pedazos de cotidianas existencias subyace una gran mixtura de personajes, en donde cada uno de nosotros encuentras su idea esencial, su rol imprevisto, su condición de ciudadano comprometido con la vivencia y entre todos, una forma de ser que cada vez se hace más inobjetable: el tiempo dándonos muestras de que en su largo e infinito transcurrir, se ha convertido en una fugacidad de muchos periodos, de muchos años, de muchos temores, de muchas ansias inconclusas.
Las reinas de carnaval visten de rosado es un libro para pasar la página y atreverse a disfrutar recordando que siempre en oportuno “incluir en alguno de los relatos por escribir –como lo dice el mismo Angarita- que sobrevivirían a este encuentro estadístico con el destino instante” la eternidad de esa fugaz condición que implica, hoy más que nunca y desde ha no mucho, vivir las complejas contradicciones de nuestra modulada, móvil, heterogénea realidad.

sábado, 6 de junio de 2009

Tríptico rotativo
Voces de reflexión

Ángel Madriz




1

LUZ de siempre. Muchas veces he tenido que asumir el silencio como alternativa. Quizás algunos pudieron sospechar de esta actitud por tratarse de alguien que tiene como vehículo de acción social la palabra. Sin embargo, tal y como lo dijera San Isidoro, con la paciencia del silencio se suele superar más prontamente al enemigo que con el uso desenfrenado de la palabra. Fue quizás ésta la conclusión inicial que me impulsara a no decir cualquier cosa una vez que dejara el decanato de la Facultad de Humanidades y Educación en octubre de 2002. Decir nada, decidí, de lo que abundantemente se dijo, una vez que pasé a formar parte de las comunidades espetadas por el poder, expelidas por los poderosos y desordenadas por la oficialidad. A lo mejor esta convicción pudo resultar incómoda en sectores conocidos, cómplice para otros, indiferente para cualquiera, o simplemente prudente a los ojos de quienes comprendieron y compartieron lo que por tres años desarrollé al frente de una Facultad tan compleja como la universidad misma. No se trata de pasar revista al último día de mi gestión decanal: Todo me ubicaba en la feliz condición de amigo de la nueva gestión y sin embargo, los años históricos que una vez fueron memoria de docencia compartida, celebrada, mantenida, se transformaron de repente en pasado remoto, en olvido sustentado y en suspicacia metódica. La desconfianza tomó los hilos de ese entonces octubre y una serie de insistentes exigencias me hicieron dudar, repentinamente, de la satisfacción que produce el trabajo cumplido. Un cúmulo de expresiones en donde la sospecha y el irrespeto desconocieron la solidaridad, la historia y el ejercicio fundamental del trabajo colectivo, me abandonó en los predios de la soledad y allí, como Confucio, supe que el silencio es el más grande de los amigos, el único que jamás traiciona. Luego fue el discurso del nuevo orden y la negación del otro. Comprendí repentinamente que los amigos se aman mucho más en el silencio y recordé que una vez fueron mis aliados y siguen existiendo. Así es la universidad. Esa que vive y padece como realidad del hombre, como expresión de diversidad, cual reflejo de esperanza y más complejamente, en cotidiana espera de los ecos que retornan a sus vísceras desde cada razón académica, laboral y ciudadana; siempre en ejercicio personal y colectivo, con las marcas humanas de quien la valora, la ama y la comprende en toda su dimensión. En fin, eternamente el alma máter que espera las múltiples voces de sus adoptivos espíritus. Lo demás es aquiescencia para embalsamar cualquier reflexión desintegradora, duda metódica o empeño transgresor dentro de un espacio en el que conviven múltiples contradicciones para abundar en razonamientos. Apenas es el comienzo. Aquí este uno de tres que me significa y le da la oportunidad a cualquier sentido. Siempre hay tiempo.






2

La ciudad es la ciudad. Las ciudades son eternas cuando el hombre decide convertirlas en espacio redentor, en sitial de la esperanza, en oportunidad para el hallazgo. Cuando son apenas lugar de cotidianas aflicciones, entonces las ciudades funcionan como coyuntura que solamente podrían permanecer en el recuerdo, pero al final, luego de la trascendencia unívoca en la que siempre pensamos para no perecer, la ciudad vuelve a su condición de podio de nuestras ansiedades. Simple lugar de referencias. Aunque al final de cuentas, la ciudad es una práctica insoslayable de existencia, -fugacidad y olvido muchas veces-, recurrencia, perennidad y de siempre permanencia. En los límites de cualquier espacio ciudadano se puede encontrar, como decía Neruda, “la justicia y dignidad” que el hombre siempre busca. De lo contrario, se hace inevitable el fracaso de la vida colectiva como expresión de la derrota individual. De allí que definitivamente todo ciudadano sea más que un individuo y decida convertirse, aprenda a comportarse, necesite inventariarse como el ser humano en el que todos debemos reconocernos. Nuestras ciudades entonces -digo mi ciudad, esa lacustre conformación histórica de odios/amores que constantemente suele adormecernos, ignorarnos, palidecernos- son siempre el punto de partida de cualquier historia, independientemente de las adversidades y vicisitudes que se estimulen dentro del ejercicio de los poderes que la representan. Algo más que una simple relación hombre geografía, espacio persona, individuo estado. La determinación de amar más allá de la ubicación, en pleno corazón del universo. Sin embargo Maracaibo, esa de la que tengo noción desde que obtuve mi carta de identidad en plena conciencia de los actos ciudadanos con los que he existido; Maracaibo la septentrional y occidental ciudad de Sur América, la que alguna vez fue llamada Venecia, Damasco, Bizancio o simplemente comparada con Babilonia; Maracaibo simplemente entre las latitudes anónimas de sus calles, como suelen hacerlo en casi todas las ciudades, en la que morían lentamente y sin saberlo sus íntimos amantes, cuya materia originaria para enseñarnos a curtir nuestras paciencias, ella, era de palabras múltiples como múltiple ha sido el rostro que jamás ha querido defender como legítima presencia de su historia. Sigilosamente y sin más razón que el amor inevitable, comienzo desde ahora a dibujar un contorno cuyo perfil será la dimensión urbana de donde vivo a cuenta de una esperanza que está viva porque morir es siempre una opción que no podemos elegir. Maracaibo es Maracaibo. Lo demás…quizás pueda lo demás. Salgamos a los montes. Matemos las culebras. Vaya este dos como oportunidad para partir a temperar entre colores, sonidos… humores demasiados y regresar con el inventario de una urbe, la nuestra Maracaibo –no me canso de repetirlo- cuyo calor nos calla mientras esperamos qué vive, sufre, desanda o simplemente lleva en su paciencia.



3

Lo que puede uno decir. La mejor forma de reconocer cualquier entorno, asimilarlo, padecerlo, amarlo y compartirlo es, en definitiva, a través de la palabra. Oral si requerimos intercambiarlo en la cotidianidad de nuestros azares, dando oportunidad a rectificaciones inmediatas según sea el caso; o mejor aún, dejándolo reflejado con todos sus matices, en el volumen de la escritura que habitualmente lanzamos al espacio de nuestros comunes ciudadanos, si es que somos definidos por el talante de quienes acostumbramos a registrar cada acción pensamiento en el estandarte irreductible de la confrontación. Sólo así podría ser cierto de que "vivimos en el mundo cuando amamos” –según Einstein- y que “sólo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida." Lo demás es solo vanidad individualista, consenso previo y exclusivo ante las irreparables diversidades de la existencia, como empeño para abordar rutas desoladoras frente a las cuales se detienen las exigencias, los retos y las inquisiciones de la esperanza.
Desde algunas experiencias que son inevitables en el discurrir diario de nuestro definir la condición, mientras lo obvio es más pesado que cualquier respirar profundo, digo, desde que vivimos en plena convicción de calibrar –por razones exclusivamente ubicuas- los marcos retóricos y los actantes referenciales, nuestra historia definitivamente se ha convertido en estancia sustantiva para los más activistas adjetivadores de la prole patriótica, más allá acá, en el teje y meneje del maniqueísmo criollo. De allí que se suponga uno un depredador de intensas pasiones nacionales y caiga en la catarata de los que son evacuado por la solemnidad de los que tienen “posición” y amanecen anochecen sin apenas darse cuenta de que el país tiene rostro, ama, padece, es decir tiene árboles, ríos, cielo azul universal, o lo que es lo mismo, acuna niños, acumula futuro en la corporeidad juvenil inagotable, desata los sentidos en los arrebatos laborales cotidianos, y lo que es más obvio de lenta subjetividad, convoca a un reencuentro en el otrora recinto de la solidaridad. Ese que dejaba sus pellejos polícromos en los estantes de la demagogia y adoptaba la piel mística de la ciudadanía que no se adosa a la tabula rasa de la ideología. Y como Shakespeare, creo que ninguna forma de pensar puede estar por encima de la conciencia y menos aún cuando está impulsada por la acción social sectaria, excluyente, amorfa. Jamás estuvimos más cerca de imponernos un ejercicio riguroso, como el de oírnos desde el enclave supremo de nuestra infinita interioridad, como ahora. Cuando no hay verbo alguno que supere el silencio intenso del sectarismo. Mientras deciden tras bastidores, en el laboratorio ese que nunca supera lo inmediato narcisista despótico, cualquier adulador, elemento o peón centimetrado que sólo mira a los rastros de su rey de bastos, deciden, decía apenas unos segundos, ellos, hacia dónde tiene que apuntar nuestro corazón, resulta parca nuestra palabra y cualquier posibilidad para descubrir el horizonte cae hundida frente a la inmensidad del mar que es el morir. Surge este tres, sin más expectativa que hacer posible que comencemos a identificarnos –como pensaba Moliere - a través de “las obras las cuales evidencian que no somos iguales ", de lo contrario seguiremos siendo uno de muchos rostros irreconocibles.

La literatura como credencial


En 1982 L.U.Z. fue escenario de un inolvidable concurso que conmovió laboral, académica y administrativamente sus estamentos institucionales. Hoy aún, ese fantasma agita sus cadenas y nos recuerda cuán frágiles son los límites entre la objetividad y lo que debe ser. En el contexto de ese concurso, un connotado y paradigmático profesor, en el campo de la investigación, que se desempeñaba como jurado, expresó que algunos de los participantes en dicho concurso “tenían hasta cuentos y poemas en sus credenciales”. El poeta José Parra Finol era uno de esos concursantes. Gracias a él estamos hoy aquí reunidos, porque nos dejó una obra. Porque “tenía hasta cuentos y poemas en sus credenciales”. Y llegó a tener, para fortuna de todos nosotros, muchos más cuentos y muchos más poemas en sus mismas credenciales.
Creo que el emblemático profesor al que me referí, hoy administra, como siempre desde entonces, una dependencia universitaria. Su obra algún día puede que nos reúna. Por ahora, su ciencia tan sólo han originado, que yo sepa, algunos comentarios intrascendentes por la radio local deportiva.
El poeta Alfredo, con quien nos reuníamos para hablar de poesía y de lo poetizable, reía sarcásticamente ante aquella actitud discriminatoria de alguien que, dentro de la universidad, era expresión de poder, aunque tan sólo fuera mediático ante la ausencia de una obra que lo sustentara. Reíamos, aunque el poeta Alfredo tocaba la llaga que nunca ha querido ser tratada para bien de nuestra historia ciudadana. Y es que nuestra ciudad siempre ha sido así. Indolente, indiferente, fría y déspota contra la acción trascendental. Y Alfredo se nos fue, al igual que Parra, sin que se haya producido, en los espacios de un Maracaibo al que le dedicaron lo mejor de sus vidas, tan siquiera sutilmente, el murmullo reconocedor –o al tanto por lo menos de su obra- de nuestros regionalistas administradores, gobernantes y conductores pequeños, medianos o simplemente beneficiarios de sus extraordinarios talentos.
Del poeta Ricardo Ruiz Caldera, el legado de sus escritos nos impulsa a desear que, sea cual fuere el lugar donde hoy habita, definitivamente el mismo se parezca a la aldea en donde al fin la vida aparataria haya sido derrotada por la felicidad. Ya en aquellos días, su estrecha sonrisa aclaraba que la auténtica vida universitaria estaba en las aulas y en el corazón de los creadores que aún deambulaban por sus pasillos. Y la jubilación se lo llevó, con sus incontables reflexiones filosóficas, hasta el resquicio del anonimato. Como de tantos jubilados más, nadie sabe en dónde, cómo y para qué puede estar funcionando su fuerza creadora.
Dios gracias, la historia nos dejó el ímpetu de una época en donde Cal y Agua fueron los ingredientes para blanquear la mugre de nuestra historia. Mugre instaurada en la banalidad del cargo, en la volubilidad del poder, en la trivialidad de sus acciones. Dios gracias nos quedó Etral, expresión y convicción de que la palabra es la luz, el sonido, la existencia y el movimiento de la perennidad. Y por ello, esta antología, la de la obra de los tres de Cal y Agua. Libro no de homenaje, sino de necesario rescate, de impostergable agradecimiento. Gracias poetas.
Quiero finalizar recordando lo que dijo una empleada de un despacho de una autoridad rectoral: Para qué publicar poesía o libros como esos, si “eso”, nadie lo lee, sino que se queda en los estantes. Sobre similar opinión, ya Jesús Semprum, uno de nuestros más importantes críticos, también olvidado, como siempre, decía: “Cervantes fue duramente descalificado. Hoy su obra permanece. ¿En dónde están sus detractores?” Los poetas José Parra Finol. Alfredo Áñez Medina y Ricardo Ruis Caldera permanecen y sus espíritus, corazones, músculos, risas y dolores, están entre nosotros. Los libros poco leídos quizás en nuestros días, y publicados para celebrar la transparencia de Cal y agua, y develar la magia de sus creadores, con valor, por Ebrahim Faría en función de Editor, quedarán, como muchos, en la larga historia editorial universitaria (Arte y Letras la más antigua, Los inéditos, la más reciente), a la espera del gran descubridor que, seguro estoy, será de alguna de nuestras universidades, y que nos hará avergonzarnos de nuestras actuales limitaciones. Así será como testimonio de esta época que vigila lo que hacemos esta pequeña lista de legado literario: Acomodo de Iliana Morales, La reinas del carnaval visten de rosado de José Luis Angarita, Relatos con i de Laura Morales, Ayer sea hoy de Lina Torres, Sur cando erosiones de Alexis Cabezas, Celeste y rosa de Claudia García, Para buscar mis memorias de Esmirna Párraga, Cuarta Crónica del Saladillo de Rutilio Ortega, Argumentos vencidos de Edixon Rosales, Poemas historias y relatos de Ángel Madriz y Acumulando abriles de Ebrahin Faría. Les pido, por lo tanto, espacio en sus estantes. Serán poemas. Serán relatos. Serán historias. Serán ficciones. En fin…Poetas serán, narradores…Serán escritores. Nunca, desde luego, habrá mejores credenciales.

Ángel Madriz, marzo de 2008
(Texto leído durante la presentación de la antología
Cal y Agua, en el MACZUL en marzo de 2008)